EL CORÁN EN LA OBRA DE IBN ARABI.

Por Michel Chodkievicz

Michel Chodkiewicz, director general de Editions du Seuil, hasta junio de 1989, Director de Estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Su familia católica de origen polaco está establecida en Francia desde 1832. Durante un viaje a los países árabes, que descubrió el sufismo y se convirtió al Islam a la edad de 17 años. Desde entonces, realizó una incansable investigación sobre los textos de Ibn 'Arabi, Chodkiewicz Michel es considerado uno de los mayores especialistas en el pensamiento akbarienne, es decir de Sheij al-Akbar como también se conoce a Ibn Arabi.

Sindbad ediciones han publicado bajo su dirección, una edición crítica de Futuhat al-Makkiyya-(véase la Iluminaciones de La Meca, los textos seleccionados Futuhat Makkiya (en colaboración con W. Chittick, C. Chodkiewicz, D. y J. Morris Grill), París, Sindbad, 1988)


Ibn Arabi
.
Ibn 'Arabî ha sido frecuentemente presentado – por ciertos autores musulmanes y por la mayor parte de los orientalistas – como un sufí "filósofo" cuyas verdaderas fuentes de inspiración son, según ellos, extrañas al Islam. Los apoyos escrituarios que invoca en sus escritos son, desde ese punto de vista, considerados ya sea como hipócritas concesiones a la ortodoxia islámica, ya sea, en el mejor de los casos, como muestra de una hermenéutica extravagante.

Un estudio atento revela, por el contrario, que la obra del Šayh al-Akbar, no sólo en los enunciados doctrinales que propone, sino también en los detalles de su estructura, está toda ella inmersa en el "Océano del Corán" y que sus interpretaciones más sorprendentes – e incluso aparentemente más escandalosas – están siempre basadas en la letra misma del texto coránico.

El hecho de estudiar la obra de Ibn 'Arabî, como lo vengo haciendo desde hace casi cuarenta años, impone también examinar de cerca no sólo los escritos de sus comentaristas y de sus discípulos, sino también los de sus adversarios. La mala fe de la mayor parte de estos últimos, la bajeza de algunos de sus ataques, la monotonía de sus críticas convierten esa lectura forzosa en un pensum bastante desagradable. El análisis de tales polémicas es, sin embargo, muy instructivo – tanto más cuanto que permite comprender en gran medida los malentendidos que ha suscitado la doctrina akbarí en muchos orientalistas: éstos, curiosamente – y aunque su perspectiva sea a priori harto diferente de la de los doctores de la ley apasionados por la ortodoxia – , con frecuencia han retomado, haciéndola suya, la argumentación de los ulemas.

El examen de las obras hostiles al Šayh al-Akbar – desde el siglo XIII hasta nuestros días(1) hace aparecer regularmente, al lado de acusaciones que son lugares comunes de la literatura heresiológica (zandaqa, "ateísmo"; ibâha, "libertinismo", esta última palabra tomada a la vez en su sentido filosófico y en su acepción vulgar), la denuncia de un crimen sacrilego: el tahrîf ma'ânî l-Qur'án, el "desvío de los sentidos del Corán ". Esta denuncia se encuentra ya en Ibn Taymiyya (que es prácticamente el padre fundador de la polémica anti-akbarí y quien proporciona el esquema de las diatribas ulteriores) (2). Ha sido igualmente formulada, entre otros, por Husayn b. al-Ahdâl (ob. 1451) en su Kašf al-gitâ'(3) y por Burhân al-Dîn al-Buqa'î (ob. 1475) en su Tanbîh al-gabî (4). Ha sido repetida con entusiasmo por Sahâwî (ob. 1497), quien establece, en una voluminosa compilación inédita, al-Qawl al-munbî, un catálogo de las condenas anteriores (5). Y, para censurarlo o para alabarlo, los trabajos universitarios contemporáneos consagrados a Ibn 'Arabî generalmente se hacen eco, en este punto, de los trabajos de autores musulmanes, como podemos constatarlo sobre todo en el caso de Nicholson(6) o de Afîfî(7). Ardiente defensor del Šayh al-Akbar, Henry Corbin, por su parte, frecuentemente ha presentado con admiración al gran maestro andalusí como el hombre del bâtin, del sentido oculto – el que rompe las rigideces de la Letra para alcanzar, mediante un libre ta'wîl, sentidos nuevos de la Revelación. No tengo necesidad de decirles qué uso hacen de esta peligrosa apología los integristas de ahora.

Mi objetivo no es evidentemente demostrar la ortodoxia de Ibn Arabí, ni siquiera detenerme en las discusiones que este problema continúa provocando. Quisiera sencillamente, más allá de esos debates estériles, intentar dejar entrever más claramente, y a partir de ejemplos precisos, qué papel desempeña el Corán en las concepciones doctrinales del autor de las Futûhât Makkiyya y en la estructura misma de su obra. Deduzca cada uno las conclusiones que le parezcan adecuadas a partir de mis observaciones...

"Todo aquello de que hablamos en nuestras sesiones y en nuestros escritos procede del Corán y de sus tesoros", afirma el Šayh al-Akbar (8). Tal declaración ¿debe ser considerada como una simple precaución oratoria, como una concesión, dictada por la prudencia, a las normas comunitarias, que en realidad ocultaba otras fuentes de inspiración muy distintas? En una obra inédita donde asume la defensa de Ibn 'Arabî, el Radd al-matîn(9), 'Abdalganî an-Nâbulusî subraya, a propósito de las quemas de las obras de Ibn 'Arabî prescritas por determinados juristas que perseguían la herejía con incansable celo, que los que quieren ejecutar dicha sentencia se encuentran en una situación paradójica: si dejan subsistir en los libros de Ibn 'Arabî, en el momento de arrojarlos a la hoguera, las innumerables citas coránicas que contienen, es la palabra de Dios la que condenan a ser quemada; si las borran previamente, ya no son las obras del Šayh al-Akbar las que perecen en las llamas, pues el Corán está presente en todas sus páginas.

De hecho, todo lector de Ibn 'Arabî; puede constatar sin esfuerzo, página tras página, la abundancia de las referencias escriturarias. Hay que señalar, además, que la bibliografía akbarí tiene una inmensa laguna debida al hecho de la desaparición del gran tafsîr, el Kitâb al-gam' wa-t-tafsîl fi asrâr ma'ânî at-tanzîl, el cual, aunque incompleto (se detenía a la mitad de la sura al-Kahf), no comportaba menos de sesenta y cuatro volúmenes (10). Pero, sin hablar de la publicación de un texto que se hallaba hasta ahora inédito, el Igâz al-bayân (11), que es un pequeño tafsîr, debemos a un Šayh de Damasco, Mahmûd Gurâb, la edición reciente de una compilación que consta de cuatro gruesos volúmenes donde ha reagrupado, clasificándolos por suras y por versículos, textos exegéticos de Ibn "Arabî(12). Esta impresionante antología, nada más que por su peso, nos hace pensar que la observación de Nabulusl no está carente de pertinencia.

Estas consideraciones cuantitativas, aunque merecían ser formuladas, son, no obstante, relativamente secundarias y no constituyen nada más que un preámbulo. Lo que deseo mostrar ahora es la extrema importancia que reviste para Ibn 'Arabî;, contrariamente a lo que pretenden sus adversarios – y a veces sus defensores – , la letra del discurso divino.

A los ojos de éste, un poco de ciencia de lo bâtin aleja de lo zâhir, mucha ciencia del bâtin nos lleva a él. De esta soberanía absoluta de la Letra, numerosos pasajes de su obra dan testimonio. Es así como, en las Futûhât Makkiyya, habiendo aludido al versículo wa-huwa ma'a-kum aynamâ kuntum (Corán 57:4) empleando por descuido haytumâ – que tiene el mismo sentido – en lugar de aynamâ, el Šayh al-Akbar pide perdón a Dios por haberse alejado de la literalidad del texto sagrado, pues, dice, "Dios no desecha en vano una palabra para preferir otra". No debemos, pues, bajo ningún pretexto, transmitir la palabra de Dios según el sentido solamente, sino literalmente: actuar de otra manera es una forma de ese tahrîf de esa alteración de la Revelación reprochada a las Gentes del Libro (Corán 2:75; 5:13)(13). Esta preocupación por la literalidad absoluta se aplica además también al hadît, e Ibn "Arabi alaba a quienes, refiriendo las palabras del Profeta, tienen buen cuidado de no poner un wa en lugar de un fa, aunque estas dos partículas sean con frecuencia intercambiables en árabe(14).

Esta atención escrupulosa a la forma de la palabra de Dios – pues dicha forma, al ser divina, no es solamente la expresión más adecuada de la Verdad: es la Verdad; no es vehículo del sentido, es el sentido – , esta atención, digo, va a determinar la lectura que Ibn 'Arabî hace del Corán. Podemos considerar, sin error, que la obra del Šayh al-Akbar, tal como nos es dado conocerla en la actualidad, es toda ella un comentario coránico y que ilustra un método de interpretación que no busca lo que hay más allá de la letra nada más que en la letra misma. Del mismo modo que Dios es a la vez y al mismo tiempo az-zâhir wa-l-bâtin, el Aparente y el Oculto, del mismo modo que la Realidad universal es semejante a esa construcción geométrica llamada banda de Moebius, que parece tener dos caras – externa e interna – y que, de hecho, no tiene nada más que una, del mismo modo, digo, es absurdo distinguir en la Palabra de Dios – y a fortiori oponer – Letra y Espíritu, significante y significado. Estamos en las antípodas del método de un Filón de Alejandría. Para Ibn 'Arabî; es la palabra desnuda la que lo dice todo.

De ahí deriva, en particular, la importancia que Ibn Arabí concede, por ejemplo, a la manera como Dios se designa a Él mismo en el Corán: ora con un Nombre divino, ora con otro; unas veces con el plural Nosotros, otras veces con el Yo singular y otras con el Él, que es el pronombre de la "persona ausente". En una obra que ha estado largo tiempo inédita y que ha sido raramente estudiada, el Kitáb al-abadila (15), escribe particularmente: "Toda realidad del mundo es un signo que nos orienta hacia una realidad divina, la cual es el punto de apoyo de su existencia y el lugar de su regreso cuando llega a su término. Cuando Dios menciona el mundo en el Corán, debes prestar atención al Nombre divino al que Él lo vincula. Sabrás así de qué mundo se trata. Cuando Dios se designa con el singular (=Yo) y te designa con el plural (=vosotros), es que el versículo considerado se refiere a Él mismo desde la perspectiva de Su Unicidad y a ti desde la perspectiva de tu multiplicidad (...). Cuando Se designa a Sí mismo mediante el plural, diciendo, por ejemplo, Innâ (Ciertamente, Nosotros) o Nahnu (Nosotros), es que se trata entonces de Dios contemplado desde la perspectiva de [la pluralidad de] Sus Nombres. Cuando habla de ti en singular, es que Se dirige a ti desde el punto de vista de uno de tus elementos constitutivos y no a tu totalidad. Averigua, pues, aquello de ti que es destinatario del discurso".

Si subrayamos esta preocupación extrema por el literalismo, de las interpretaciones akbaríes, no es evidentemente para demostrar a sus adversarios la ortodoxia formal de Ibn 'Arabî;. La empresa sería vana: no basta con practicar una exégesis escrupulosamente atenta al zâhir del texto coránico para satisfacer a los ulamâ' az-zâhir. Nada ilustra mejor tal evidencia que la manera como Ibn 'Arabî; comenta el célebre versículo (Corán 42:11) Laysa ka-mitli-hi šay'un, que podemos entender como: "No hay nada que sea igual a Él". Nos harían falta muchas páginas para analizar en detalle los numerosísimos textos en que Ibn 'Arabî evoca este pasaje coránico. En pocas palabras, el problema que plantea este versículo gira en torno a la partícula ka, "como". ¿Es redundante, destinada sólo a reforzar la palabra mitl, "igual") Tal es, entre muchas otras, la opinión de Qušayrî(16) (ob. 1072) a quien se debe el primer tafsîr sufí completo que nos ha llegado, y para quien ese ka no es más que una partícula de enlace desprovista de sentido propio; es también la opinión de un gran contemporáneo de Ibn 'Arabî, Fahr ad – Dín Rázl (ob. 1209)(17): para él el ka es allí li-l-mubâlaga, y no tiene, por lo tanto, más que un valor de intensivo sin significado autónomo. Sin condenar tal parecer, Ibn 'Arabî tiene otra opinión. Dios no habla para no decir nada: la partícula ka debe, por consiguiente, conservar toda la fuerza de su sentido normal. Y el versículo significa entonces: "No hay nada como Su igual"(18) – interpretación que, para los alfaquíes, es sumamente blasfema – .

¿Quién es ese mitl, ese "igual" de Dios? Es el hombre, pero, por supuesto, el "hombre perfecto", al-insân al-kâmil, en tanto en cuanto es halîfat Allâh, "lugarteniente" de Dios sobre la Tierra (Corán 2:30; 7:79; 35:39). Ibn 'Arabî, en este comentario, se refiere expresamente al teomorfismo del ser humano citando el hadît: Inna-Llâha halaqa Adâma 'alà sûrati-hi(19) ("Ciertamente, Allah creó a Adán según Su forma") y utilizando el simbolismo del espejo (20), que también había sido validado por otro hadlt: el hombre es un espejo donde aparece el reflejo invertido áelhaqq, de la Realidad divina. Lo que es bâtin, "oculto", en Dios, es zâhir, "aparente", en el hombre. Este pasaje de las Futûhât concluye con una triple exclamación cuya fuerza se pierde en la traducción: Fa-anta maqlûbu-hu! Fa-anta qalbu-hu! Wa-huwa qalbu-ka! ("¡Tú eres Su reflejo invertido! ¡Tú eres Su corazón y Él es tu corazón!").

Sería deseable poder multiplicar los ejemplos del método akbarí de lectura del Corán y de sus resultados paradójicos. Por falta de tiempo, nos limitaremos a algunos casos típicos y que están en relación con aspectos esenciales de la doctrina de Ibn Arabí.

En el Corán, la orden divina a Adán y Eva no es exactamente la de no comer del fruto prohibido, sino la de no "acercarse al árbol" (Corán 2:35). Ahora bien, el árbol – šagara – es para Ibn 'Arabî – y este sentido está dictado por el empleo del verbo šagara, de la misma raíz, en otro versículo (Corán 4:65) – el tašaggur, el hecho de dividirse(21). Es de esta división, de esta ruptura de la unidad, de la que Adán y Eva deben mantenerse apartados. La significación metafísica de su desobediencia está, pues, inscrita en el nombre mismo del objeto de la prohibición y no debe buscarse en otra parte.

Esta interpretación es además perfectamente coherente con la continuación del relato coránico tal como nos la proporciona la sura Ta – Ha (20:121) – bajo una forma exactamente paralela a la del Génesis: fa-akalâ min-hâ fa-badat la-humâ saw'atu – humâ, "comieron de él y entonces apareció su desnudez". "Desnudez" es la traducción habitual, pero el término saw'atu-humâ designa de hecho las partes pudendas, los órganos sexuales respectivos de Adán y Eva; dicho de otro modo: la diferenciación sexual, es decir, la manifestación más elemental, más evidente de la división, de la ruptura de la unidad; unidad que simboliza, en Ibn Arabi, la forma esférica, que era, originalmente, la del ser humano (22).

En la sura al-Kahf, la sura de la caverna, el versículo final (Cor. 18:110) podría ser traducido así: "El que espera el encuentro con su Señor, que actúe piadosamente y que, en la adoración de su Señor, no Le asocie a nadie". Hemos traducido la última palabra del versículo, abad, por "nadie", como es costumbre hacerlo cuando va precedida de una negación (en este caso, lâ: wa-lâ yušrík bi-'ibâdati rabbi-hi ahadan). Pero Ahad es igualmente un Nombre divino y designa a Dios en tanto que es Uno (Qul: huwa-Llâhu ahad, "Di: Él, Allâh, es Uno", afirma la sura 112). Podemos, pues, comprender también literalmente esta frase y es lo que hace Ibn Arabî en varios pasajes de sus obras, particularmente en su Kitâb al-ahadiyya(23), el "Libro de la Unidad" – con el significado de: "El que espera el encuentro con su Señor, que no asocie a Ahad (=que no asocie al Uno) a la adoración de su Señor". En efecto, para Ibn Arabî, la noción de "Señor", rabb, es correlativa e inseparable de la de marbûb, "vasallo". Implica, por consiguiente, una dualidad que excluye totalmente el nombre de Ahad. Según los términos de Ibn 'Arabî, "la Unidad (al-ahdiyya) te ignora y te rechaza". El Uno, en cuanto tal, al ser, por lo tanto, inaccesible, el hombre en el acto de adoración (ibada) no debe dirigirse – y no puede dirigirse, piense lo que piense – más que al Nombre divino que es "su" Señor, es decir, al "Rostro" (Wagh) particular del Divino que está vuelto hacia él y del que saca todo cuanto tiene de ser.

Este tema determina la doctrina akbarí del conocimiento de Dios, tal como se expresa, entre muchos otros textos, en un pasaje del capítulo dos de los Fusûs al-hikam (24), donde volvemos a encontrar la imagen del espejo: "Aquél a quien El se epifaniza no ve nada más que su propia forma en el espejo de la realidad divina (al-haqq); no ve la Realidad divina y no puede verla, aunque sepa que es en Ella donde ha percibido su propia forma (...). El (Dios) es, pues, tu espejo donde te contemplas; y tú eres Su espejo donde El contempla Sus Nombres y la manifestación de los poderes propios de cada uno de ellos. ¡Y todo eso no es otra cosa que El!"

Es también, retenido el sentido obvio de la palabra clave – rehusando creer, contrariamente al postulado implícito de muchos exégetas, que Dios se expresa por medio de "aproximadamente" – , como Ibn 'Arabî justifica escriturariamente un aspecto esencial de su doctrina. En la sura al-Isrâ' ("El viaje nocturno", Corán 17:23) figura un versículo que dice: wa-qada rabbu-ka allâ ta'budû illâ iyya-hu, "Y tu Señor ha decretado que no adoraréis nada más que a El". He aquí lo que Ibn 'Arabî escribe al respecto: "Qadà – decretar – significa "estatuir", "decidir", y eso es lo que explica que los falsos dioses sean adorados. El objetivo de la adoración en todo adorador no es, en efecto más que Dios. Ninguna cosa, si no es Dios, es adorada por sí misma. La culpa del politeísta (mušrik) consiste solamente en el hecho de entregarse a una forma particular de adoración que no le ha sido prescrita por Dios" (25). Y cita a este respecto el versículo donde los politeístas, literalmente los "asociadores" (al-mušrikûn), declaran: "No los hemos adorado (a los falsos dioses, a los ídolos) más que para que nos acerquen a Dios" (Cor. 39:4). Así, para el Šayh al-Akbar, al ser el qadâ' divino, por definición, imprescriptible, toda criatura, lo quiera o no, lo sepa o no, no adora más que a Dios (o más precisamente a un Nombre divino, pero todos los Nombres remiten al mismo Nombrado), cualesquiera que sean la forma y el objeto inmediato de su adoración.

Esta misma noción, sobre una base escrituraria diferente, está igualmente desarrollada con fuerza el capítulo X de los Fusûs (26), cuyo punto de partida es un versículo de la sura Hûd (Corán 11:56). La expresión clave es aquí la de sirdt mustaqlm, "camino recto". "Los hombres, escribe Ibn Arabî, se dividen en dos categorías: los que andan por un camino que conocen y del que saben adonde conduce, y, para ellos, ese camino es la vía recta. Y los que andan por un camino que ignoran y del que no saben adonde conduce. Y este camino es rigurosamente idéntico al que recorren con conocimiento de causa los de la primera categoría". Comentando este mismo versículo de la sura Hûd en las Futûhât, exclama: mâ fi l-'alam illâ, mustaqîm!, "¡No hay nada en este mundo que no sea recto!" (27). No hay apenas necesidad de precisar que todo esto provoca la indignación de Ibn Taymiyya para quien el qadâ' – conforme a la mayor parte de las exégesis anteriores, la de Fahr ad-dîn Rázl por citar sólo una (28) – es un "mandamiento", una "prescripción", y no un decreto(29): interpretación que, según los criterios akbaríes, atestigua una confusión grave entre el amr taqwînî, la orden existenciadora, que no puede dejar de ser ejecutada, y el amr taklîfî, la orden normativa, que, ésta sí, puede ser desobedecida.

En conexión estrecha con lo que precede, mencionaremos un último ejemplo, también ligado a una de las perspectivas mayores de la doctrina akbarí. Se trata esta vez de un comentario del versículo ya citado (Corán 7:156): Wa-rahmatî was'at kulla šay'in, "Y mi misericordia lo abarca todo ". Comentario indirecto en esta ocasión, puesto que el comentarista, aquí, no es otro que Iblis, el diablo. Ibn 'Arabî, efectivamente, relata en sus Futûhât un diálogo entre Iblis y un sufí célebre del siglo IX Sahl b. 'Abdallâh at-Tustarî (ob. 283/898) (30). "Lo último que Iblis declaró a Sahl, escribe, fue esto: Dios ha dicho "Mi Misericordia abarca toda cosa", lo cual es una afirmación de alcance general. Ahora bien, no se te oculta que yo soy una de esas cosas, sin la menor duda. La palabra "toda " implica la universalidad [de ese enunciado] y la palabra "cosa" representa lo más indeterminado que hay. Su Misericordia me abarca pues. A Sahl que contesta "Yo no pensaba que tu ignorancia iría tan lejos", Iblis contesta: "¡No creía que llegases a ese extremo! ¿No sabes, oh, Sahl, que la limitación (at – taqyld) es tu atributo y no el Suyo?". Ibn Arabî concluyó este relato con la siguiente observación: "Supe entonces que Iblis poseía una ciencia incontestable (literalmente: una ciencia sin ignorancia) y que, en este problema, es él quien había sido el maestro de Sahl".

De esta hermenéutica tan desconcertante, estoy de acuerdo, tan escandalosa a los ojos de los ulamâ' az-zâhir, Ibn 'Arabî justifica su principio y precisa su regla en un texto de las Futûhât con el cual concluiré esta primera parte de mi exposición: "En lo que concierne a la Palabra de Dios", escribe, "cuando está revelada en la lengua de un pueblo determinado y que los que hablan esa lengua difieren entre ellos en cuanto a qué quiso Dios decir con tal palabra o tal grupo de palabras, cada uno de ellos, por diferentes que sean sus interpretaciones, comprende efectivamente lo que Dios ha querido decir, a condición de que su interpretación no salga de las acepciones admitidas en la lengua en cuestión: porque Dios conoce todas esas acepciones y no hay ninguna que no sea la expresión de lo que ha querido decir a esta persona en concreto" (31),

La difusión de la obra del Šayh al-Akbar a través del mundo musulmán, la influencia directa o indirecta que ha ejercido, desde al-Andalus hasta China (32), sobre las doctrinas y el vocabulario técnico del sufismo(33) ha engendrado una considerable literatura en árabe, en persa y en muchas otras lenguas. Pero, un hecho curioso merece ser señalado: si bien los discípulos, comentaristas o epígonos de Ibn 'Arabî han escrutado manifiestamente sus escritos con minuciosa atención, parece como si los árboles les ocultasen el bosque. El caso de las Futûhât Makkiyya es particularmente digno de interés. Se trata, como se sabe, de una "Summa" que representa el estado definitivo de la doctrina akbarí (les recuerdo que la segunda redacción de las Futûhât fue acabada sólo dos años antes de la muerte de su autor). Generación tras generación, los sufíes han extraído de allí ideas, símbolos, formulaciones. Las han utilizado ampliamente para interpretar otras obras menos explícitas, sobre todo los Fusûs al-Hikam. Pero dicha utilización sigue estando determinada por la preocupación de encontrar respuesta a una pregunta particular: que yo sepa, ninguno de ellos parece haberse preocupado nunca por considerar las Futûhât como un todo, por dilucidar los secretos de su arquitectura. El silencio sobre este punto de lectores tan sutiles como Qûnâwi, Gîlî, Šrânî, Nâbulusî – por no citar nada más que a algunos de ellos – es harto sorprendente.

Una cuestión fundamental debe entonces plantearse: si estos personajes, cuya perspicacia y veneración por Ibn 'Arabî no pueden ser puestas en duda, no nos proponen ninguna explicación, ¿no es sencillamente porque no hay nada que explicar? Si la estructura de las Futûhât no requiere por su parte ninguna observación, ¿no es porque dicha estructura es totalmente arbitraria y resiste, por lo tanto, a toda tentativa de justificación? Un examen del índice de materias sugiere, a primera vista, una respuesta afirmativa: es muy difícil distinguir allí una progresión ordenada, una articulación inteligible de los temas que allí se suceden. El mismo tema es con frecuencia tratado en varias ocasiones en capítulos diferentes, a veces muy alejados, y cada uno de los cuales parece ignorar a los otros. Largos fragmentos aparecen constituidos con la recuperación, total o parcial, de tratados anteriores, siendo por lo tanto materiales más o menos heterogéneos. Además, lo que nos dice el propio Ibn 'Arabî parece autorizar este punto de vista: "Ni este libro ni mis otras obras han sido compuestos a la manera de los libros ordinarios y yo no los escribo según el método habitual de los autores", declara (34). "No he escrito una sola letra de este libro de otro modo que bajo el efecto de un dictado divino", precisa también (35). Esta afirmación, formulada en numerosas ocasiones, del carácter inspirado de sus escritos hace pensar que sería vano querer discernir allí un pattern preciso. El Šayh al-Akbar proporciona un argumento suplementario a esta hipótesis en una reflexión que formula a propósito de la presentación, en efecto muy desconcertante para el lector, de datos relativos a los "estatutos legales" (ahkâm): el capítulo 88, que expone los principios (usûl) de los que derivan dichos estatutos, habría debido lógicamente, reconoce, preceder y no seguir a los capítulos 68 a 72 que exponen sus consecuencias, pero, dice, "no soy yo quien ha elegido observar este orden" (36). Y, para ilustrar dicha indicación, compara los non sequitur tan numerosos en las Futûhât con los que se observa en las suras del Corán, donde se suceden versículos cuya proximidad parece puramente accidental. Las frases que acabo de citar (y hay muchas otras semejantes en las Futûhât) animan por consiguiente a sacar la conclusión de que una obra cuya redacción obedece así a imprevisibles inspiraciones – sean sobrenaturales o no – está necesariamente desprovista de coherencia interna y que los enigmas que encierra son indescifrables.

Creo poder afirmar que esta conclusión es radicalmente falsa y que las Futûhât no son un conjunto heteróclito de secuencias cuya yuxtaposición estaría explicada por los caprichos de la inspiración. A través de los pocos ejemplos a los que debe limitarse hoy mi examen, vamos a constatar un nuevo aspecto, muy singular, de la relación entre el Corán y la obra de Ibn 'Arabî.

En su preciosa edición crítica de las Futûhât, actualmente en fase de publicación, Osman Yahya llama la atención sobre el carácter simbólico del número de capítulos contenidos en las seis secciones (fusl) de las Futûhât (37). Constata, por ejemplo, que el número de capítulos del fasl al-manâzil (la sección de las "moradas espirituales") es idéntico al de las 114 suras del Corán. El número 114, ¿fue elegido por Ibn 'Arabî, de algún modo, por simples razones estéticas? Nada de eso, como vamos a comprobar. Ibn 'Arabî, en este caso como en el de otros muchos enigmas, da en realidad a su lector todas las claves de las que tiene necesidad: pero tales claves están deliberadamente desperdigadas y, la mayor parte de las veces, colocadas de tal manera que pasan desapercibidas (38).

Consideremos más de cerca ese fasl al-manâzil, el cuarto de la obra y uno de los más misteriosos. Se extiende desde el capítulo 270 hasta el capítulo 383. Está, con toda evidencia, en relación, al menos por su título, con uno de los primeros capítulos de las Futûhât, el capítulo 22 que se titula: fî ma'rifat 'ilm manzil al-manâzil. Pero este capítulo 22 que Osman Yahya llama un bâb garîb, un "capítulo extraño", plantea a priori más problemas de los que resuelve. Descubrimos allí una lista que agrupa, bajo diecinueve "moradas espirituales" principales (ummahât al-manâzil), una serie de manâzil secundarios que a su vez comprenden una serie de otros. Las denominaciones de todos esos manâzil (denominaciones que veremos reaparecer aquí y allí en el fasl al-manâzil) dejan perplejo: manzil al-istihbâr, manzil al-halâk, manzil ad-du'â', manzil ar-rumûz, etc. Ninguna de dichas designaciones corresponde a la taxinomía en uso en la literatura sufí para distinguir las etapas de la vida espiritual.

Cruzando indicaciones crípticas dispersas en el capítulo 22 y en los capítulos del cuarto fasl, esos nombres, no obstante, adquieren de pronto todo su sentido: cada uno de ellos se relaciona con una sura o un grupo de suras. El manzil al-istihbâr ("Morada de la interrogación ") es el que reúne las suras que comienzan por una fórmula interrogativa, por ejemplo, la sura 88 (Hal atâ-ka hadît al-gâšiya...). El manzil al-hamd ("Morada de la alabanza"), que se subdivide en cinco manâzil, está constituido por las cinco suras (1, 2, 18, 34, 35) que comienzan por al-Hamdu li-Llâh. El manzil ar-rumûz ("Morada de los símbolos") comprende todas las suras que comienzan por los hurûf muqatta'a, las misteriosas letras aisladas llamadas también nûrâniyya, luminosas. El manzil ad-duâ' ("Morada de la llamada") es la denominación común de las suras que comienzan por la fórmula vocativa Yâ ayyuhâ...; el manzil al-amr ("Morada de la orden") reúne las suras que comienzan por un verbo en imperativo como qul ("¡Di!").

No proseguiré esta enumeración, reservándome el establecer ulteriormente un cuadro exhaustivo que identifique las referencias coránicas de todos los términos técnicos del capítulo 22. Pero estas primeras constataciones permiten prever que cada uno de los 114 capítulos del fasl al-manâzil debe efectivamente corresponder a una sura cuyas significaciones esotéricas exprese, de manera más o menos alusiva. Buscaríamos en vano, de todos modos, una relación, que parece ser evidente, entre el primero de esos capítulos y la primera de las suras del Mushaf, entre el segundo capítulo y la segunda sura, y así sucesivamente. La correspondencia presentida resulta difícil de verificar.

La llave del misterio está puesta en nuestras manos en diversas ocasiones, especialmente desde el comienzo del fasl, en el segundo versículo del poema preliminar, donde figura la palabra 'urûg, "subida, ascensión ": el recorrido de las moradas espirituales es un recorrido ascendente que, en sentido inverso al orden habitual de la Vulgata coránica, conduce al murîd desde la última sura del Corán, la sura an-Nâs, hasta la primera, al-Fâtiha, "la que abre", aquélla en que le es dado el fath último, la iluminación definitiva. Se trata, en otros términos, de un ascenso desde el punto extremo de la Manifestación universal (que la última palabra del Corán: an-Nâs, "los hombres", simboliza) hasta su Principio divino (simbolizado por la sura inicial, Umm al-Kitâb, "la Madre del Libro", y, más precisamente, por el punto del bâ' de la basmala). La inexplicable sucesión de los capítulos se vuelve entonces perfectamente coherente y la relación que indico es demostrable sin ninguna excepción en el texto de cada uno de ellos y, con frecuencia, en su título mismo, como puede observarlo, en estos pocos ejemplos que vienen a continuación, cualquiera que esté algo familiarizado con el Corán: el tercer manzil (capítulo 272), manzil tanzîl at-tawhîd, corresponde de manera evidente a la tercera sura a partir del final, la sura al-Ihlâs, cuyo tema es la unicidad divina; el cuarto (capítulo 273), manzil al-halâk, "Morada de la perdición", corresponde a la sura al-masad, que describe el castigo de Abû Lahab; el sexto manzil (capítulo 275), "Morada de la desaprobación de los ídolos", corresponde a la sexta sura su'ûdan, es decir: siempre remontando desde el final hasta el principio, y, por lo tanto, a la sura al-kâfirûn; el décimo-noveno manzil (capítulo 288), "Morada de la recitación ", corresponde según la misma regla a la sura al-'alaq, aquella en que se le ordena al Profeta que recite la Revelación que el ángel le transmite; la cuadragésimo – séptima (capítulo 316), "Morada del Cálamo divino", corresponde a la sura al-Qalam, y así sucesivamente hasta el manzil número 114 y último, el manzil al-'azama al-gâmia ("Morada de la Inmensidad totalizante"), que es aquel en que el ser, llegado al término de este viaje iniciático, entiende los secretos de la "Madre del Libro". Me eximo, esta vez también, de una enumeración completa que sería por otra parte superflua, pues cada uno puede fácilmente, una vez que posee esa clave, completar el cuadro sumario que acabo de establecer.

Estas indicaciones sucintas son suficientes en todo caso para confirmar que no hay nada fortuito en la organización de este jad y que la sucesión de los temas tratados, por singular que parezca, obedece a una ley precisa. Otros enigmas van a quedar resueltos por ese mismo procedimiento. Ilustraré este punto refiriéndome al capítulo 273 (39), donde algunos pasajes pueden dar al lector la sensación de estar ante una imaginación desordenada o, en la hipótesis más favorable, ante una experiencia visionaria incomunicable. Ibn 'Arabî, conducido por el intelecto primero, visita este manzil donde, dice, se encuentran cinco habitaciones (buyût). Cada una de dichas habitaciones encierra unos cofres (hazâ'in). Cada cofre tiene varias cerraduras (aqfâl), cada cerradura tiene varias llaves (mafâtîh), a cada llave hay que darle un cierto número de vueltas (harakât). Luego, el Šayh al-Akbar describe, una por una, esas habitaciones con su contenido: el primer cofre de la primera habitación tiene tres cerraduras, la primera de dichas cerraduras tiene tres llaves, la primera de esas llaves debe dar cuatrocientas vueltas, etc. Estas extrañas precisiones desarman la mayor parte de las veces, creo yo, la curiosidad del lector. Son, sin embargo, fáciles de interpretar si se sabe que este manzil es el de la sura ai – Masad: las cinco habitaciones son los cinco versículos de esta sura. Los cofres son las palabras de cada versículo, el número de cerraduras es el de las letras que constituyen cada una de estas palabras, las llaves son los signos gráficos que constituyen estas letras (puntos diacríticos y ductus consonantico), las vueltas de llave expresan el valor numérico de estas mismas letras según el abgad. El primer cofre es, pues, la palabra tabbat; está compuesta de tres letras árabes, que son otras tantas cerraduras. La primera de estas cerraduras es el Tá\ que reúne tres signos gráficos – por lo tanto, tres llaves – y cuyo valor numérico es de 400. Explicaciones análogas – donde la ciencia de las letras ('ilm al-hurûf) desempeña un papel importante, que el capítulo dos de las Futûhât anuncia expresamente – pueden ser dadas cada vez que encontramos, en cualquier parte de la obra, enunciados similares a este. Se piense lo que se piense de esto, que, para muchos, no es más que un juego intelectual bastante gratuito, es preciso, sin embargo, admitir que este juego está sometido a unas reglas.

No continuaré desarrollando aquí estas consideraciones, reservándome el aportar ulteriormente precisiones análogas sobre los otros fusûl y sobre la lógica de su sucesión, así como sobre el reparto de los capítulos entre esas seis secciones. Espero, sin embargo, haberles dejado entrever más claramente el papel esencial que desempeña el Libro santo en la sustancia y en la forma misma del corpus akbarí. Me limitaré, para concluir, a citar una vez más al autor de las Futûhât. "Sumérgete en el Océano del Corán", escribe, "si tu capacidad pulmonar es suficiente, y, si no, limítate al estudio de las obras que comentan su sentido visible y no te sumerjas en él: perecerías allí, pues es profundo''. Y añade un poco más adelante: "De los que se han quedado parados, que han llegado a la meta, pero han permanecido allí sin volver jamás, nadie saca provecho, y ellos no sacan provecho de nadie: pusieron la mira en el centro del Océano – o más bien es el Océano quien apuntó hacia ellos – y se sumergieron en él para la eternidad". Ibn 'Arabî no es de esos: nadador de poderosos pulmones, se arrojó al insondable abismo de la Palabra de Dios. Pero ha sabido volver a las orillas del mundo creado, trayéndole a manos llenas las perlas de la sophia perennis – wa-l-hamdu li-Llâh.



NOTAS
1 Sobre algunas de las polémicas más recientes, consúltese el artículo de Th. Emil Homerin, Ibn 'Arabî in the People's Asembly, Middle East Journal, vol. 40, nº 3, 1986, pp. 462 – 477.
5 al-qawl al-munbl, Ms. Berlín, spr. 790. f. 24b. Para Sahawl, la acusación de ibaha no abarca solamente la doctrina, sino también las costumbres, cf. por ejemplo f. 97b.
7 The Mystical Philosophy of Muhyid – Din Ibnul 'Arabî, 2(a) ed., Lahore, 1964, pp. 191 – 194. Para un estudio reciente en la exégesis coránica en Ibn 'Arabî por un universitario árabe, consúltese NasrHamid Abû Zayd, Falsafat al-ta'wll, Beyrut, 1983.
8 Futûhât, III, 334 (todas nuestras referencias a esta obra – en abreviatura Fut. – remiten a la edición egipcia de 1329 o a su reimpresión facsímil, Beirut, s.d., Dar Sádir).
10 Cf. la Igaza concedida por Ibn 'Arabî al rey Muzaffar editada por A. Badawi (Al – Andalus, vol. XX, fase. 1, 1955. n 7) y O. Yahia, Histoire et classification de l'ouvre d'Ibn 'Arabî, Damasco, 1964, I, 266. Tenemos razones para pensar que la desaparición de esta obra no es ni accidental ni definitiva.
11 El Igaz al-bayan fue publicado por el Šayh Mahmûd Gurab, a partir del unícum de Estambul, en el primer volumen de la obra señalada en la nota 12. Este comentario coránico, en la versión editada, finaliza en el versículo 252 de la sura al-baqara.
12 Ar-rahma min ar-Rahman fi tafsîr wa-išarat al-Qur'an, 4 volúmenes, Damas co, 1989. Sobre esta obra, ver nuestra reseña (en prensa) en el Bulletin critique des An – nales islamologiques, nº 8.
17 Razi, tafsîr, Teherán s.d., XXVII, 150 – 153. RazI critica igualmente (ibídem, 153) el hecho de relacionar este versículo con Corán 16:60 (wa -li-Lldhi l-matal al-a'la).
20 La idea del hombre (al-insan al-kâmil) como espejo de Dios y de Dios como espejo del hombre está desarrollada en el primero y en el segundo de los capítulos de los Fusûs (véase en particular Fus., I, 53 y 61 s.) Está igualmente evocada en las Futûhât (I, 163; IV, 430 etc.) Véase también la interpretación del hadlt: al-mu'min mir'at al-mu'min (Tirmidl, birr, 85), basada en el hecho de que al-mu'min es también uno de los Nombres divinos, enFut, 1, 112.
21 Ful, II, 218. Cf. Rázl. op. cit., III, 5 – 6, donde la relación sagara/tasaggur está mencionada sin sacar consecuencias. Véase también Qurtubi, al-Gdmi' li – abkam al-Qur'án, El Cairo, 1933, I, 260; Qusayrl, op. cit. I, 92. A esta significación negativa de sagara, basada en la etimología que recoge aquí Ibn 'Arabî, corresponde simétricamente una significación positiva, ligada al simbolismo visual, pues el árbol tiene un carácter axial evidente: el árbol es también el "hombre perfecto", según una definición que da Ibn 'Arabî en su Kitâb istilah as – sufiyya, Hayderabad, 1948, p. 12.
31 Fut, IV, 25. Corolariamente, "si el individuo en cuestión se aparta de las acep ciones admitidas en la lengua, en ese caso no ha recibido ni comprensión, ni ciencia ".
32 La mezquita de la calle del Buey, en Pekín, había conservado en su biblioteca, en plena Revolución cultural – he podido constatarlo con mis propios ojos – , los cuatro volúmenes de la edición egipcia de las Futûhât. Las obras de autores de la escuela akbarí también han llegado a China – muy probablemente por medio de los maestros naqsban – díes – . Es así como un investigador persa, M. DSnesh – Pazûh, ha podido describir el ma nuscrito, recientemente descubierto en Pekín, de un Comentario de los Lawá'ih de G – ami, redactado por un alumno de este último.
33 Sobre esta influencia, y sobre los medios por los cuales se ha ejercido – en el es pacio geográfico, pero también a través del espesor de las sociedades musulmanas y hasta en los medios populares – , cf. nuestra comunicación (en prensa), The Diffusion of Ibn Arabi's doctrine, en el Coloquio de Princenton dedicado a los Modes of Transmis – sion of Religious Culture in Islam (en abril de 1989).
38 Las indicaciones que se encuentran a continuación no son únicamente mérito mío, ni mucho menos. Debo repetir aquí mi deuda contraída con mi maestro Michel Valsan, quien guió durante largos años mi exploración del corpus akbarí. Mi gratitud se dirige también a mi sabio amigo Abdelbaki Meftah: nuestros intercambios epistolares me han ofrecido en numerosas ocasiones la posibilidad de precisar o rectificar mis interpretaciones. Por último, a algunos de los que, hoy, asumen la transmisión de la hirqa akbariyya les debo una ayuda sin la cual mis esfuerzos habrían sido en vano.
Publicación original en Los dos Horizontes (Textos sobre Ibn 'Arabi), Editoria regional de Murcia, 1992. Trabajos presentados asl primer congreso Internacional sobre Ibn al-'arabi (Murcia, 12-14 de noviembre de 1990), ed. Alfonso Carmona Gonzalez.

The Place of Tasawwuf in Traditional Islam.

By © Nuh Ha Mim Keller 1995


Perhaps the biggest challenge in learning Islam correctly today is the scarcity of traditional ‘ulama. In this meaning, Bukhari relates the sahih, rigorously authenticated hadith that the Prophet (Allah bless him and give him peace) said,

"Truly, Allah does not remove Sacred Knowedge by taking it out of servants, but rather by taking back the souls of Islamic scholars [in death], until, when He has not left a single scholar, the people take the ignorant as leaders, who are asked for and who give Islamic legal opinion without knowledge, misguided and misguiding" (Fath al-Bari, 1.194, hadith 100).

The process described by the hadith is not yet completed, but has certainly begun, and in our times, the lack of traditional scholars—whether in Islamic law, in hadith, in tafsir ‘Qur'anic exegesis’—has given rise to an understanding of the religion that is far from scholarly, and sometimes far from the truth. For example, in the course of my own studies in Islamic law, my first impression from orientalist and Muslim-reformer literature, was that the Imams of the madhhabs or ‘schools of jurisprudence’ had brought a set of rules from completely outside the Islamic tradition and somehow imposed them upon the Muslims. But when I sat with traditional scholars in the Middle East and asked them about the details, I came away with a different point of view, having learned the bases for deriving the law from the Qur'an and sunna.

And similarly with Tasawwuf—which is the word I will use tonight for the English Sufism, since our context is traditional Islam—quite a different picture emerged from talking with scholars of Tasawwuf than what I had been exposed to in the West. My talk tonight, In Sha’ Allah, will present knowledge taken from the Qur'an and sahih hadith, and from actual teachers of Tasawwuf in Syria and Jordan, in view of the need for all of us to get beyond clichés, the need for factual information from Islamic sources, the need to answer such questions as: Where did Tasawwuf come from? What role does it play in the din or religion of Islam? and most importantly, What is the command of Allah about it?

As for the origin of the term Tasawwuf, like many other Islamic discliplines, its name was not known to the first generation of Muslims. The historian Ibn Khaldun notes in his Muqaddima:

This knowledge is a branch of the sciences of Sacred Law that originated within the Umma. From the first, the way of such people had also been considered the path of truth and guidance by the early Muslim community and its notables, of the Companions of the Prophet (Allah bless him and give him peace), those who were taught by them, and those who came after them.
It basically consists of dedication to worship, total dedication to Allah Most High, disregard for the finery and ornament of the world, abstinence from the pleasure, wealth, and prestige sought by most men, and retiring from others to worship alone. This was the general rule among the Companions of the Prophet (Allah bless him and give him peace) and the early Muslims, but when involvement in this-worldly things became widespread from the second Islamic century onwards and people became absorbed in worldliness, those devoted to worship came to be called Sufiyya or People of Tasawwuf (Ibn Khaldun, al-Muqaddima [N.d. Reprint. Mecca: Dar al-Baz, 1397/1978], 467).

In Ibn Khaldun’s words, the content of Tasawwuf, "total dedication to Allah Most High," was, "the general rule among the Companions of the Prophet (Allah bless him and give him peace) and the early Muslims." So if the word did not exist in earliest times, we should not forget that this is also the case with many other Islamic disciplines, such as tafsir, ‘Qur'anic exegesis,’ or ‘ilm al-jarh wa ta‘dil, ‘the science of the positive and negative factors that affect hadith narrators acceptability,’ or ‘ilm al-tawhid, the science of belief in Islamic tenets of faith,’ all of which proved to be of the utmost importance to the correct preservation and transmission of the religion.
As for the origin of the word Tasawwuf, it may well be from Sufi, the person who does Tasawwuf, which seems to be etymologically prior to it, for the earliest mention of either term was by Hasan al-Basri who died 110 years after the Hijra, and is reported to have said, "I saw a Sufi circumambulating the Kaaba, and offered him a dirham, but he would not accept it." It therefore seems better to understand Tasawwuf by first asking what a Sufi is; and perhaps the best definition of both the Sufi and his way, certainly one of the most frequently quoted by masters of the discipline, is from the sunna of the Prophet (Allah bless him and give him peace) who said:

Allah Most High says: "He who is hostile to a friend of Mine I declare war against. My slave approaches Me with nothing more beloved to Me than what I have made obligatory upon him, and My slave keeps drawing nearer to Me with voluntary works until I love him. And when I love him, I am his hearing with which he hears, his sight with which he sees, his hand with which he seizes, and his foot with which he walks. If he asks me, I will surely give to him, and if he seeks refuge in Me, I will surely protect him" (Fath al-Bari, 11.340–41, hadith 6502);

This hadith was related by Imam Bukhari, Ahmad ibn Hanbal, al-Bayhaqi, and others with multiple contiguous chains of transmission, and is sahih. It discloses the central reality of Tasawwuf, which is precisely change, while describing the path to this change, in conformity with a traditional definition used by masters in the Middle East, who define a Sufi as Faqihun ‘amila bi ‘ilmihi fa awrathahu Llahu ‘ilma ma lam ya‘lam,‘A man of religious learning who applied what he knew, so Allah bequeathed him knowledge of what he did not know.’


To clarify, a Sufi is a man of religious learning,because the hadith says, "My slave approaches Me with nothing more beloved to Me than what I have made obligatory upon him," and only through learning can the Sufi know the command of Allah, or what has been made obligatory for him. He has applied what he knew, because the hadith says he not only approaches Allah with the obligatory, but "keeps drawing nearer to Me with voluntary works until I love him." And in turn, Allah bequeathed him knowledge of what he did not know, because the hadith says, "And when I love him, I am his hearing with which he hears, his sight with which he sees, his hand with which he seizes, and his foot with which he walks," which is a metaphor for the consummate awareness of tawhid, or the ‘unity of Allah,’ which in the context of human actions such as hearing, sight, seizing, and walking, consists of realizing the words of the Qur'an about Allah that,

"It is He who created you and what you do" (Qur'an 37:96).

The origin of the way of the Sufi thus lies in the prophetic sunna. The sincerity to Allah that it entails was the rule among the earliest Muslims, to whom this was simply a state of being without a name, while it only became a distinct discipline when the majority of the Community had drifted away and changed from this state. Muslims of subsequent generations required systematic effort to attain it, and it was because of the change in the Islamic environment after the earliest generations, that a discipline by the name of Tasawwuf came to exist.

But if this is true of origins, the more significant question is: How central is Tasawwuf to the religion, and: Where does it fit into Islam as a whole? Perhaps the best answer is the hadith of Muslim, that ‘Umar ibn al-Khattab said:

As we sat one day with the Messenger of Allah (Allah bless him and give him peace), a man in pure white clothing and jet black hair came to us, without a trace of travelling upon him, though none of us knew him.
He sat down before the Prophet (Allah bless him and give him peace) bracing his knees against his, resting his hands on his legs, and said: "Muhammad, tell me about Islam." The Messenger of Allah (Allah bless him and give him peace) said: "Islam is to testify that there is no god but Allah and that Muhammad is the Messenger of Allah, and to perform the prayer, give zakat, fast in Ramadan, and perform the pilgrimage to the House if you can find a way."
He said: "You have spoken the truth," and we were surprised that he should ask and then confirm the answer. Then he said: "Tell me about true faith (iman)," and the Prophet (Allah bless him and give him peace) answered: "It is to believe in Allah, His angels, His inspired Books, His messengers, the Last Day, and in destiny, its good and evil."
"You have spoken the truth," he said, "Now tell me about the perfection of faith (ihsan)," and the Prophet (Allah bless him and give him peace) answered: "It is to worship Allah as if you see Him, and if you see Him not, He nevertheless sees you."
The hadith continues to where ‘Umar said:
Then the visitor left. I waited a long while, and the Prophet (Allah bless him and give him peace) said to me, "Do you know, ‘Umar, who was the questioner?" and I replied, "Allah and His messenger know best." He said,
"It was Gabriel, who came to you to teach you your religion" (Sahih Muslim, 1.37: hadith 8).

This is a sahih hadith, described by Imam Nawawi as one of the hadiths upon which the Islamic religion turns. The use of din in the last words of it, Atakum yu‘allimukum dinakum, "came to you to teach you your religion" entails that the religion of Islam is composed of the three fundamentals mentioned in the hadith: Islam, or external compliance with what Allah asks of us; Iman, or the belief in the unseen that the prophets have informed us of; and Ihsan, or to worship Allah as though one sees Him. The Qur'an says, in Surat Maryam,

"Surely We have revealed the Remembrance, and surely We shall preserve it" (Qur'an 15:9),

and if we reflect how Allah, in His wisdom, has accomplished this, we see that it is by human beings, the traditional scholars He has sent at each level of the religion. The level of Islam has been preserved and conveyed to us by the Imams of Shari‘a or ‘Sacred Law’ and its ancillary disciplines; the level of Iman, by the Imams of ‘Aqida or ‘tenets of faith’; and the level of Ihsan, "to worship Allah as though you see Him," by the Imams of Tasawwuf.

The hadith’s very words "to worship Allah" show us the interrelation of these three fundamentals, for the how of "worship" is only known through the external prescriptions of Islam, while the validity of this worship in turn presupposes Iman or faith in Allah and the Islamic revelation, without which worship would be but empty motions; while the words, "as if you see Him," show that Ihsan implies a human change, for it entails the experience of what, for most of us, is not experienced. So to understand Tasawwuf, we must look at the nature of this change in relation to both Islam and Iman, and this is the main focus of my talk tonight.
At the level of Islam, we said that Tasawwuf requires Islam,through ‘submission to the rules of Sacred Law.’ But Islam, for its part, equally requires Tasawwuf. Why? For the very good reason that the sunna which Muslims have been commanded to follow is not just the words and actions of the Prophet (Allah bless him and give him peace), but also his states, states of the heart such as taqwa ‘godfearingness,’ ikhlas ‘sincerity,’ tawakkul ‘reliance on Allah,’ rahma ‘mercy,’ tawadu‘ ‘humility,’ and so on.

Now, it is characteristic of the Islamic ethic that human actions are not simply divided into two shades of morality, right or wrong; but rather five, arranged in order of their consequences in the next world. The obligatory (wajib) is that whose performance is rewarded by Allah in the next life and whose nonperformance is punished. The recommended (mandub) is that whose performance is rewarded, but whose nonperformance is not punished. The permissible (mubah) is indifferent, unconnected with either reward or punishment. The offensive (makruh) is that whose nonperformance is rewarded but whose performance is not punished. The unlawful (haram) is that whose nonperformance is rewarded and whose performance is punished, if one dies unrepentant.

Human states of the heart, the Qur'an and sunna make plain to us, come under each of these headings. Yet they are not dealt with in books of fiqh or ‘Islamic jurisprudence,’ because unlike the prayer, zakat, or fasting, they are not quantifiable in terms of the specific amount of them that must be done. But though they are not countable, they are of the utmost importance to every Muslim. Let’s look at a few examples.
(1) Love of Allah. In Surat al-Baqara of the Qur'an, Allah blames those who ascribe associates to Allah whom they love as much as they love Allah. Then He says,
"And those who believe are greater in love for Allah" (Qur'an 2:165), making being a believer conditional upon having greater love for Allah than any other.
(2) Mercy. Bukhari and Muslim relate that the Prophet (Allah bless him and give him peace) said, "Whomever is not merciful to people, Allah will show no mercy" (Sahih Muslim, 4.1809: hadith 2319), and Tirmidhi relates the well authenticated (hasan) hadith "Mercy is not taken out of anyone except the damned" (al-Jami‘ al-sahih, 4.323: hadith 1923).
(3) Love of each other. Muslim relates in his Sahih that the Prophet (Allah bless him and give him peace) said, "By Him in whose hand is my soul, none of you shall enter paradise until you believe, and none of you shall believe until you love one another . . . ." (Sahih Muslim, 1.74: hadith 54).
(4) Presence of mind in the prayer (salat). Abu Dawud relates in his Sunan that ‘Ammar ibn Yasir heard the Prophet (Allah bless him and give him peace) say, "Truly, a man leaves, and none of his prayer has been recorded for him except a tenth of it, a ninth of it, eighth of it, seventh of it, sixth of it, fifth of it, fourth of it, third of it, a half of it" (Sunan Abi Dawud, 1.211: hadith 796)—meaning that none of a person’s prayer counts for him except that in which he is present in his heart with Allah.

(5) Love of the Prophet. Bukhari relates in his Sahih that the Prophet (Allah bless him and give him peace) said, "None of you believes until I am more beloved to him than his father, his son, and all people" (Fath al-Bari, 1.58, hadith 15).


It is plain from these texts that none of the states mentioned—whether mercy, love, or presence of heart—are quantifiable, for the Shari‘a cannot specify that one must "do two units of mercy" or "have three units of presence of mind" in the way that the number of rak‘as of prayer can be specified, yet each of them is personally obligatory for the Muslim. Let us complete the picture by looking at a few examples of states that are haram or ‘strictly unlawful’:

(1) Fear of anyone besides Allah. Allah Most High says in Surat al-Baqara of the Qur'an,
"And fulfill My covenant: I will fulfill your covenant—And fear Me alone" (Qur'an 2:40), the last phrase of which, according to Imam Fakhr al-Din al-Razi, "establishes that a human being is obliged to fear no one besides Allah Most High" (Tafsir al-Fakhr al-Razi, 3.42).
(2) Despair. Allah Most High says,
"None despairs of Allah’s mercy except the people who disbelieve" (Qur'an 12:87), indicating the unlawfulness of this inward state by coupling it with the worst human condition possible, that of unbelief.
(3) Arrogance. Muslim relates in his Sahih that the Prophet (Allah bless him and give him peace) said, "No one shall enter paradise who has a particle of arrogance in his heart" (Sahih Muslim, 1.93: hadith 91).
(4) Envy,meaning to wish for another to lose the blessings he enjoys. Abu Dawud relates that the Prophet (Allah bless him and give him peace) said, "Beware of envy, for envy consumes good works as flames consume firewood" (Sunan Abi Dawud, 4.276: hadith 4903).
(5) Showing off in acts of worship. Al-Hakim relates with a sahih chain of transmission that the Prophet (Allah bless him and give him peace) said, "The slightest bit of showing off in good works is as if worshipping others with Allah . . . ." (al-Mustadrak ‘ala al-Sahihayn, 1.4).

These and similar haram inward states are not found in books of fiqh or ‘jurisprudence,’ because fiqh can only deal with quantifiable descriptions of rulings. Rather, they are examined in their causes and remedies by the scholars of the ‘inner fiqh’ of Tasawwuf, men such as Imam al-Ghazali in his Ihya’ ‘ulum al-din [The reviving of the religious sciences], Imam al-Rabbani in his Maktubat [Letters], al-Suhrawardi in his ‘Awarif al-Ma‘arif [The knowledges of the illuminates], Abu Talib al-Makki in Qut al-qulub [The sustenance of hearts], and similar classic works, which discuss and solve hundreds of ethical questions about the inner life. These are books of Shari‘a and their questions are questions of Sacred Law, of how it is lawful or unlawful for a Muslim to be; and they preserve the part of the prophetic sunna dealing with states.

Who needs such information? All Muslims, for the Qur'anic verses and authenticated hadiths all point to the fact that a Muslim must not only do certain things and say certain things, but also must be something, must attain certain states of the heart and eliminate others. Do we ever fear someone besides Allah? Do we have a particle of arrogance in our hearts? Is our love for the Prophet (Allah bless him and give him peace) greater than our love for any other human being? Is there the slightest bit of showing off in our good works?

Half a minute’s reflection will show the Muslim where he stands on these aspects of his din, and why in classical times, helping Muslims to attain these states was not left to amateurs, but rather delegated to ‘ulama of the heart, the scholars of Islamic Tasawwuf. For most people, these are not easy transformations to make, because of the force of habit, because of the subtlety with which we can deceive ourselves, but most of all because each of us has an ego, the self, the Me, which is called in Arabic al-nafs, about which Allah testifies in Surat Yusuf:

"Verily the self ever commands to do evil" (Qur'an 12:53).

If you do not believe it, consider the hadith related by Muslim in his Sahih, that:

The first person judged on Resurrection Day will be a man martyred in battle.
He will be brought forth, Allah will reacquaint him with His blessings upon him and the man will acknowledge them, whereupon Allah will say, "What have you done with them?" to which the man will respond, "I fought to the death for You."
Allah will reply, "You lie. You fought in order to be called a hero, and it has already been said." Then he will be sentenced and dragged away on his face and flung into the fire.
Then a man will be brought forward who learned Sacred Knowledge, taught it to others, and who recited the Qur'an. Allah will remind him of His gifts to him and the man will acknowledge them, and then Allah will say, "What have you done with them?" The man will answer, "I acquired Sacred Knowledge, taught it, and recited the Qur'an, for Your sake."
Allah will say, "You lie. You learned so as to be called a scholar, and read the Qur'an so as to be called a reciter, and it has already been said." Then the man will be sentenced and dragged away on his face to be flung into the fire.
Then a man will be brought forward whom Allah generously provided for, giving him various kinds of wealth, and Allah will recall to him the benefits given, and the man will acknowledge them, to which Allah will say, "And what have you done with them?" The man will answer, "I have not left a single kind of expenditure You love to see made, except that I have spent on it for Your sake."
Allah will say, "You lie. You did it so as to be called generous, and it has already been said." Then he will be sentenced and dragged away on his face to be flung into the fire (Sahih Muslim, 3.1514: hadith 1905).

We should not fool ourselves about this, because our fate depends on it: in our childhood, our parents taught us how to behave through praise or blame, and for most of us, this permeated and colored our whole motivation for doing things. But when childhood ends, and we come of age in Islam, the religion makes it clear to us, both by the above hadith and by the words of the Prophet (Allah bless him and give him peace) "The slightest bit of showing off in good works is as if worshipping others with Allah" that being motivated by what others think is no longer good enough, and that we must change our motives entirely, and henceforth be motivated by nothing but desire for Allah Himself. The Islamic revelation thus tells the Muslim that it is obligatory to break his habits of thinking and motivation, but it does not tell him how. For that, he must go to the scholars of these states, in accordance with the Qur'anic imperative,

"Ask those who know if you know not" (Qur'an 16:43),

There is no doubt that bringing about this change, purifying the Muslims by bringing them to spiritual sincerity, was one of the central duties of the Prophet Muhammad (Allah bless him and give him peace), for Allah says in the Surat Al ‘Imran of the Qur'an,

"Allah has truly blessed the believers, for He has sent them a messenger of themselves, who recites His signs to them and purifies them, and teaches them the Book and the Wisdom" (Qur'an 3:164),

which explicitly lists four tasks of the prophetic mission, the second of which, yuzakkihim means precisely to ‘purify them’ and has no other lexical sense. Now, it is plain that this teaching function cannot, as part of an eternal revelation, have ended with the passing of the first generation, a fact that Allah explictly confirms in His injunction in Surat Luqman,

"And follow the path of him who turns unto Me" (Qur'an 31:15).

These verses indicate the teaching and transformative role of those who convey the Islamic revelation to Muslims, and the choice of the word ittiba‘ in the second verse, which is more general, implies both keeping the company of and following the example of a teacher. This is why in the history of Tasawwuf, we find that though there were many methods and schools of thought, these two things never changed: keeping the company of a teacher, and following his example—in exactly the same way that the Sahaba were uplifted and purified by keeping the company of the Prophet (Allah bless him and give him peace) and following his example.
And this is why the discipline of Tasawwuf has been preserved and transmitted by Tariqas or groups of students under a particular master. First, because this was the sunna of the Prophet (Allah bless him and give him peace) in his purifying function described by the Qur'an. Secondly, Islamic knowledge has never been transmitted by writings alone, but rather from ‘ulama to students. Thirdly, the nature of the knowledge in question is of hal or ‘state of being,’ not just knowing, and hence requires it be taken from a succession of living masters back to the Prophet (Allah bless him and give him peace), for the sheer range and number of the states of heart required by the revelation effectively make imitation of the personal example of a teacher the only effective means of transmission.

So far we have spoken about Tasawwuf in respect to Islam, as a Shari‘a science necessary to fully realize the Sacred Law in one’s life, to attain the states of the heart demanded by the Qur'an and hadith. This close connection between Shari‘a and Tasawwuf is expressed by the statement of Imam Malik, founder of the Maliki school, that "he who practices Tasawwuf without learning Sacred Law corrupts his faith, while he who learns Sacred Law without practicing Tasawwuf corrupts himself. Only he who combines the two proves true." This is why Tasawwuf was taught as part of the traditional curriculum in madrasas across the Muslim world from Malaysia to Morocco, why many of the greatest Shari‘a scholars of this Umma have been Sufis, and why until the end of the Islamic caliphate at the beginning of this century and the subsequent Western control and cultural dominance of Muslim lands, there were teachers of Tasawwuf in Islamic institutions of higher learning from Lucknow to Istanbul to Cairo.

But there is a second aspect of Tasawwuf that we have not yet talked about; namely, its relation to Iman or ‘True Faith,’ the second pillar of the Islamic religion, which in the context of the Islamic sciences consists of ‘Aqida or ‘orthodox belief.’
All Muslims believe in Allah, and that He is transcendently beyond anything conceivable to the minds of men, for the human intellect is imprisoned within its own sense impressions and the categories of thought derived from them, such as number, directionality, spatial extention, place, time, and so forth. Allah is beyond all of that; in His own words,

"There is nothing whatesover like unto Him" (Qur'an 42:11)

If we reflect for a moment on this verse, in the light of the hadith of Muslim about Ihsan that "it is to worship Allah as though you see Him," we realize that the means of seeing here is not the eye, which can only behold physical things like itself; nor yet the mind, which cannot transcend its own impressions to reach the Divine, but rather certitude, the light of Iman, whose locus is not the eye or the brain, but rather the ruh, a subtle faculty Allah has created within each of us called the soul, whose knowledge is unobstructed by the bounds of the created universe. Allah Most High says, by way of exalting the nature of this faculty by leaving it a mystery,

"Say: ‘The soul is of the affair of my Lord’" (Qur'an 17:85).

The food of this ruh is dhikr or the ‘remembrance of Allah.’ Why? Because acts of obedience increase the light of certainty and Iman in the soul, and dhikr is among the greatest of them, as is attested to by the sahih hadith related by al-Hakim that the Prophet (Allah bless him and give him peace) said,

"Shall I not tell you of the best of your works, the purest of them in the eyes of your Master, the highest in raising your rank, better than giving gold and silver, and better for you than to meet your enemy and smite their necks, and they smite yours?" They said, "This—what is it, O Messenger of Allah?" and he said: Dhikru Llahi ‘azza wa jall, "The remembrance of Allah Mighty and Majestic." (al-Mustadrak ‘ala al-Sahihayn, 1.496).

Increasing the strength of Iman through good actions, and particularly through the medium of dhikr has tremendous implications for the Islamic religion and traditional spirituality. A non-Muslim once asked me, "If God exists, then why all this beating around the bush? Why doesn’t He just come out and say so?"
The answer is that taklif or ‘moral responsibility’ in this life is not only concerned with outward actions, but with what we believe, our ‘Aqida—and the strength with which we believe it. If belief in God and other eternal truths were effortless in this world, there would be no point in Allah making us responsible for it, it would be automatic, involuntary, like our belief, say, that London is in England. There would no point in making someone responsible for something impossible not to believe.
But the responsibility Allah has place upon us is belief in the Unseen, as a test for us in this world to choose between kufr and Iman, to distinguish believer from unbeliever, and some believers above others.
This why strengthening Iman through dhikr is of such methodological importance for Tasawwuf: we have not only been commanded as Muslims to believe in certain things, but have been commanded to have absolute certainty in them. The world we see around us is composed of veils of light and darkness: events come that knock the Iman out of some of us, and Allah tests each of us as to the degree of certainty with which we believe the eternal truths of the religion. It was in this sense that ‘Umar ibn al-Khattab said, "If the Iman of Abu Bakr were weighed against the Iman of the entire Umma, it would outweigh it."
Now, in traditional ‘Aqida one of the most important tenets is the wahdaniyya or ‘oneness and uniqueness’ of Allah Most High. This means He is without any sharik or associate in His being, in His attributes, or in His acts. But the ability to hold this insight in mind in the rough and tumble of daily life is a function of the strength of certainty (yaqin) in one’s heart. Allah tells the Prophet (Allah bless him and give him peace) in Surat al-A‘raf of the Qur'an,

"Say: ‘I do not possess benefit for myself or harm, except as Allah wills’"
(Qur'an 7:188),

yet we tend to rely on ourselves and our plans, in obliviousness to the facts of ‘Aqida that ourselves and our plans have no effect, that Allah alone brings about effects.

If you want to test yourself on this, the next time you contact someone with good connections whose help is critical to you, take a look at your heart at the moment you ask him to put in a good word for you with someone, and see whom you are relying upon. If you are like most of us, Allah is not at the forefront of your thoughts, despite the fact that He alone is controlling the outcome. Isn’t this a lapse in your ‘Aqida, or, at the very least, in your certainty?

Tasawwuf corrects such shortcomings by step-by-step increasing the Muslim’s certainty in Allah. The two central means of Tasawwuf in attaining the conviction demanded by ‘Aqida are mudhakara, or learning the traditional tenets of Islamic faith, and dhikr, deepening one’s certainty in them by remembrance of Allah. It is part of our faith that, in the words of the Qur'an in Surat al-Saffat,

"Allah has created you and what you do" (Qur'an 37:96);

yet for how many of us is this day to day experience? Because Tasawwuf remedies this and other shortcomings of Iman, by increasing the Muslim’s certainty through a systematic way of teaching and dhikr, it has traditionally been regarded as personally obligatory to this pillar of the religion also, and from the earliest centuries of Islam, has proved its worth.
The last question we will deal with tonight is: What about the bad Sufis we read about, who contravene the teachings of Islam?
The answer is that there are two meanings of Sufi: the first is "Anyone who considers himself a Sufi," which is the rule of thumb of orientalist historians of Sufism and popular writers, who would oppose the "Sufis" to the "Ulama." I think the Qur'anic verses and hadiths we have mentioned tonight about the scope and method of true Tasawwuf show why we must insist on the primacy of the definition of a Sufi as "a man of religious learning who applied what he knew, so Allah bequeathed him knowledge of what he did not know."

The very first thing a Sufi, as a man of religious learning knows is that the Shari‘a and ‘Aqida of Islam are above every human being. Whoever does not know this will never be a Sufi, except in the orientalist sense of the word—like someone standing in front of the stock exchange in an expensive suit with a briefcase to convince people he is a stockbroker. A real stockbroker is something else.
Because this distinction is ignored today by otherwise well-meaning Muslims, it is often forgotten that the ‘ulama who have criticized Sufis, such as Ibn al-Jawzi in his Talbis Iblis [The Devil’s deception], or Ibn Taymiya in places in his Fatawa, or Ibn al-Qayyim al-Jawziyya, were not criticizing Tasawwuf as an ancillary discipline to the Shari‘a. The proof of this is Ibn al-Jawzi’s five-volume Sifat al-safwa, which contains the biographies of the very same Sufis mentioned in al-Qushayri’s famous Tasawwuf manual al-Risala al-Qushayriyya. Ibn Taymiya considered himself a Sufi of the Qadiri order, and volumes ten and eleven of his thirty-seven-volume Majmu‘ al-fatawa are devoted to Tasawwuf. And Ibn al-Qayyim al-Jawziyya wrote his three-volume Madarij al-salikin, a detailed commentary on ‘Abdullah al-Ansari al-Harawi’s tract on the spiritual stations of the Sufi path, Manazil al-sa’irin. These works show that their authors’ criticisms were not directed at Tasawwuf as such, but rather at specific groups of their times, and they should be understood for what they are.
As in other Islamic sciences, mistakes historically did occur in Tasawwuf, most of them stemming from not recognizing the primacy of Shari‘a and ‘Aqida above all else. But these mistakes were not different in principle from, for example, the Isra’iliyyat (baseless tales of Bani Isra’il) that crept into tafsir literature, or the mawdu‘at (hadith forgeries) that crept into the hadith. These were not taken as proof that tafsir was bad, or hadith was deviance, but rather, in each discipline, the errors were identified and warned against by Imams of the field, because the Umma needed the rest. And such corrections are precisely what we find in books like Qushayri’s Risala,Ghazali’s Ihya’ and other works of Sufism.
For all of the reasons we have mentioned, Tasawwuf was accepted as an essential part of the Islamic religion by the ‘ulama of this Umma. The proof of this is all the famous scholars of Shari‘a sciences who had the higher education of Tasawwuf, among them Ibn ‘Abidin, al-Razi, Ahmad Sirhindi, Zakariyya al-Ansari, al-‘Izz ibn ‘Abd al-Salam, Ibn Daqiq al-‘Eid, Ibn Hajar al-Haytami, Shah Wali Allah, Ahmad Dardir, Ibrahim al-Bajuri, ‘Abd al-Ghani al-Nabulsi, Imam al-Nawawi, Taqi al-Din al-Subki, and al-Suyuti.
Sheik Shamil ad-Daghestani an-Naqshbandi

Among the Sufis who aided Islam with the sword as well as the pen, to quote Reliance of the Traveller, were:

such men as the Naqshbandi sheikh Shamil al-Daghestani, who fought a prolonged war against the Russians in the Caucasus in the nineteenth century; Sayyid Muhammad ‘Abdullah al-Somali, a sheikh of the Salihiyya order who led Muslims against the British and Italians in Somalia from 1899 to 1920; the Qadiri sheikh ‘Uthman ibn Fodi, who led jihad in Northern Nigeria from 1804 to 1808 to establish Islamic rule; the Qadiri sheikh ‘Abd al-Qadir al-Jaza’iri, who led the Algerians against the French from 1832 to 1847; the Darqawi faqir al-Hajj Muhammad al-Ahrash, who fought the French in Egypt in 1799; the Tijani sheikh al-Hajj ‘Umar Tal, who led Islamic Jihad in Guinea, Senegal, and Mali from 1852 to 1864; and the Qadiri sheikh Ma’ al-‘Aynayn al-Qalqami, who helped marshal Muslim resistance to the French in northern Mauritania and southern Morocco from 1905 to 1909.
Among the Sufis whose missionary work Islamized entire regions are such men as the founder of the Sanusiyya order, Muhammad ‘Ali Sanusi, whose efforts and jihad from 1807 to 1859 consolidated Islam as the religion of peoples from the Libyan Desert to sub-Saharan Africa; [and] the Shadhili sheikh Muhammad Ma‘ruf and Qadiri sheikh Uways al-Barawi, whose efforts spread Islam westward and inland from the East African Coast . . . . (Reliance of the Traveller,863).

It is plain from the examples of such men what kind of Muslims have been Sufis; namely, all kinds, right across the board—and that Tasawwuf did not prevent them from serving Islam in any way they could.

To summarize everything I have said tonight: In looking first at Tasawwuf and Shari‘a, we found that many Qur'anic verses and sahih hadiths oblige the Muslim to eliminate haram inner states as arrogance, envy, and fear of anyone besides Allah; and on the other hand, to acquire such obligatory inner states as mercy, love of one’s fellow Muslims, presence of mind in prayer, and love of the Prophet (Allah bless him and give him peace). We found that these inward states could not be dealt with in books of fiqh, whose purpose is to specify the outward, quantifiable aspects of the Shari‘a. The knowledge of these states is nevertheless of the utmost importance to every Muslim, and this is why it was studied under the ‘ulama of Ihsan, the teachers of Tasawwuf, in all periods of Islamic history until the beginning of the present century.
We then turned to the level of Iman, and found that though the ‘Aqida of Muslims is that Allah alone has any effect in this world, keeping this in mind in everhday life is not a given of human consciousness, but rather a function of a Muslim’s yaqin, his certainty. And we found that Tasawwuf, as an ancillary discipline to ‘Aqida, emphasizes the systematic increase of this certainty through both mudhakara, ‘teaching tenets of faith’ and dhikr, ‘the remembrance of Allah,’ in accordance with the words of the Prophet (Allah bless him and give him peace) about Ihsan that "it is worship Allah as though you see Him."
Lastly, we found that accusations against Tasawwuf made by scholars such as Ibn al-Jawzi, and Ibn Taymiya were not directed against Tasawwuf in principle, but to specific groups and individuals in the times of these authors, the proof for which is the other books by the same authors that showed their understanding of Tasawwuf as a Shari‘a science.
To return to the starting point of my talk this evening, with the disappearance of traditional Islamic scholars from the Umma, two very different pictures of Tasawwuf emerge today. If we read books written after the dismantling of the traditional fabric of Islam by colonial powers in the last century, we find the big hoax: Islam without spirituality and Shari‘a without Tasawwuf. But if we read the classical works of Islamic scholarship, we learn that Tasawwuf has been a Shari‘a science like tafsir, hadith, or any other, throughout the history of Islam. The Prophet (Allah bless him and give him peace) said,

"Truly, Allah does not look at your outward forms and wealth, but rather at your hearts and your works" (Sahih Muslim, 4.1389: hadith 2564).

And this is the brightest hope that Islam can offer a modern world darkened by materialism and nihilism: Islam as it truly is; the hope of eternal salvation through a religion of brotherhood and social and economic justice outwardly, and the direct experience of divine love and illumination inwardly.










LA EXTINCIÓN EN RUMI Y BILL VIOLA.

El agua unida a la llama.

La extinción en el sufismo de Rumi y en la obra de Bill Viola .




Por Antoni Gonzalo Carbó









Nosotros somos los que arden, los que, por el deseo de arder,
renuncian al Agua de la Vida y van en busca del Fuego.
Ŷalāl al-Din Rumi, Diwān-e kabir, 785.




El conjunto de la inmensa obra de Ŷalāl al-Din Rumi (m. 672/1273), considerado como el más grande de los poetas místicos persas, es una reflexión y una confesión sobre la experiencia de la extinción del hombre en el umbral del Uno. La mors mystica es prácticamente en todas las religiones el proceso en el curso del cual el hombre muere voluntariamente a fin de vivir para Dios. En el islam, el punto de partida de esta experiencia son los versículos coránicos en los que se dice que el hombre es mortal, pasajero (fāni), cuando se acerca a su Señor: Todo aquel que está sobre la tierra es mortal, mientras que la faz de tu Señor, majestuosa y noble, es eterna (Qo 55,26-27) (cf. Ibn `Arabi 1984, p. 48-49).


Según el Mawlānā, para poder entrar en el verdor del Más allá y alcanzar la resurrección espiritual (qiyāmat), hace falta cumplir antes el dicho profético incesantemente repetido por todos los sufíes: «morid antes de morir» (mutu qabla an tamutu). Sólo después de haberse despojado de su condición creatural, mediante la aniquilación (fanā`) en la presencia divina, puede el santo alcanzar la unidad del alma con el Uno, entrar en el verdadero vergel, el paraíso espiritual de la reunión (ŷam`) con el Amado.


Para explicar la muerte iniciática y la entrada en la luz, el paso del «mundo de la ilusión» a la existencia real en Dios, Rumi recurre a una bella parábola, la del verdadero «vergel» (pl. bāqā): «Dichoso el que está muerto antes de morir, pues él ha percibido el perfume del origen de este vergel.» (M IV 1358).[1]



A partir del año 1976 el reconocido vídeo-artista norteamericano Bill Viola (n. 1951) manifestó un gran interés por la literatura visionaria y mística. Viola ha realizado diversas obras a lo largo de su dilatada trayectoria artística en las que los referentes sufíes son manifiestos. La admiración del artista por la mística musulmana le lleva a introducir en sus escritos citas de maestros del sufismo como Gazāli, Ibn `Arabi, Rumi y Shabestari [2].


«Ŷalāl al-Din Rumi —reconoce el artista— es mi fuente suprema de inspiración y a mi entender una de las más grandes figuras literarias y religiosas de todos los tiempos»[3].




The Crossing (El tránsito, 1996) es una emblemática vídeo-instalación con audio de Bill Viola en la que, sobre dos pantallas de gran formato que se dan la espalda, se proyectan simultáneamente dos vídeos en los que aparece el mismo hombre avanzando hacia el espectador, en medio de la oscuridad más absoluta. En una de las pantallas, el hombre, al detenerse, separa los brazos del torso mientras es preso del fuego que extingue su cuerpo progresivamente. Al término del vídeo, el cuerpo desaparece al tiempo que se apagan las llamas. En la otra pantalla, el mismo hombre avanza también, frontalmente, hacia el observador y abre a su vez los brazos, mientras una cascada de agua cae sobre su cuerpo, que como el agua misma, acaba finalmente por desaparecer. Bill Viola encuentra en el misticismo la vía de la autoaniquilación[4] y el autodescubrimiento a través de la cual se realiza la conexión entre el individuo y el mundo espiritual y sagrado. Viola ha afirmado en este sentido:


«La mayor lucha de que somos testigos […] se produce entre nuestra vida interior y la exterior, y nuestros cuerpos son el escenario de este conflicto»[5].




Las imágenes del fuego y del agua empleadas en esta vídeo-instalación son también las que Rumi utiliza como símbolos para expresar la muerte espiritual, la extinción mística (fanā`).
En el sufismo, la imagen del fuego va asociada a la combustión interior, al crecimiento espiritual. El fuego, en todos sus aspectos (llama, chispa, relámpago, vela, etc.), es un símbolo recurrente en la poesía persa y urdu (`Attār, Rumi, Hāfez, `Urfi) y constituye uno de los elementos más importantes de la poesía indo-persa tardía (Qāleb) (Schimmel 1979, p. 62-95 et passim). Así, `Abd al-Rahmān Ŷāmi (m. 898/1492) se pregunta:




«¿Qué es el fuego? Disciplina ascética» (Ŷāmi 1904, p. 52).




Pero sobre todo se trata de la llama del amor del fuero interno (zāti-hi)[6]. De esta forma, según el célebre verso de Ibn `Arabi, el corazón del místico es «¡un jardín de llamas rodeado!»[7]. Entre el fuego y el agua se halla el amante[8]. Sin embargo, el amor puro no tiene sitio para la volición personal: con anterioridad al maestro andalusí, el sufí de origen persa Abu Bakr Shebli (m. 334/945) afirmaba:




«Amor es el fuego en el corazón, que todo lo consume salvo la Voluntad del Amado»[9].




Expresado en los bellos versos del gran poeta persa Hāfez Shirāzi (m. 791/1389):

Os digo: no cejaré hasta alcanzar mi deseo:
que se una mi alma al Alma de mi alma o el alma deje a mi cuerpo.
Abre mi tumba y observa, cuando haya muerto,
cómo humea
[10] mi sudario por el fuego que yo albergo.

Para Rumi, el fuego es el símbolo de la aniquilación en las llamas del Amor divino. Pero el Amor (`Ishq) es también agua: es un infinito océano. El amor es celoso (M V 2765), es una llama que quema la forma externa, más aún, que lo quema todo, excepto el Amado (M V 588):

Si el frío se hace rebelde, pon leña en el fuego,
¿te apiadas de la leña? ¿es la madera mejor, o el cuerpo?
La madera es la imagen de la aniquilación, el fuego es el amor de Dios:
quema los ídolos, ¡oh alma pura!

(D 2043)



El simbolismo del fuego llena la poesía de Rumi: el amor es una saeta encendida que lo destruye todo (D 2401), el alma es como el azufre en el fuego (D 1304, 1573) y el espíritu como el aceite para esta llama (D 176). En la literatura persa, la muerte espiritual, la extinción mística (fanā`)[11], está simbolizada por las imágenes aparentemente opuestas, pero en realidad complementarias, del agua (ár. mā`, per. āb), y el fuego (ár. nār, per. ātash). Podemos pensar que los elementos del agua y el fuego son incompatibles (caliente y seco, frío y húmedo), pero su complementariedad en las sociedades antiguas está testificada por doquier en la literatura pahlavi de los siglos IX-X d. C.[12].

En la tradición islámica, un ejemplo de ello es el estribillo que emplean diversos poetas persas en el que se contraponen el fuego y el agua. Así, el poeta persa Hakim Sanā`i de Qazna (m. 525/1131), como muchos otros místicos, hace del Amor como un mar de fuego:


«¿Qué es el amor? Un poderoso océano cuyas aguas son de fuego… Yo perecí; las aguas me anegaron» (Sanā`i 1962, p. 806-807)[13].


Sanā`i emplea con frecuencia esta contraposición paradójica entre el fuego y el agua para hablar de la experiencia mística: «entre fuego y agua… labios abrasados y secos y el ojo lloviendo lágrimas» (Browne 1957, II, p. 322). A su vez, el célebre derviche errante (qalandar) Fajr al-Din `Erāqi (m. 688/1289), el gran poeta místico persa coetáneo de Ibn `Arabi y de Rumi, escribe:


«El fuego de la tristeza ardiendo en mi pecho me resulta más agradable que las aguas de la fuente de Kawthar [14].» (`Erāqi 1994, p. 190, v. 2162).


En la expresión de su insigne contemporáneo, Mawlānā Rumi:


«Cada réprobo [15] que ha ardido por este amor y que ha caído en él / ha caído en (la fuente de) Kawthar: pues tu amor es el Kawthar.» (D 449, cf. ibíd. 2574).


Según la tradición de los poetas místicos musulmanes, la sabiduría y el conocimiento infinito son como el fuego y el agua fluyendo por un mismo canal (`Erāqi 1939, 8, p. 12), Así se expresa en el lenguaje paradójico de Rumi:


«El amor es un fuego que me convertiría en agua si yo fuese una dura piedra» (D 2785).


El fuego de la progresión espiritual permite la combustión del cuerpo, del anima sensibilis, vitalis, la psyché imperativa, «la que rige» el mal, el yo inferior, pasional y sensual [16]. Si la lucha con el alma carnal (nafs) tiene por símbolo el fuego de la «sensualidad» que abrasa al iniciado, el fuego mismo del amor es refrescante como el agua o como el verdor:

Nosotros somos una rosaleda, y su amor es el fuego;
no nos importa que este fuego se meta en las cañas.
Este mimbreral es regado por las llamas;
es refrescado por las llamas que lo queman.
Hasta la eternidad, permaneceremos verdes y frescos gracias al Amigo…
Seremos aniquilados, pues “toda cosa es perecedera”
(Qo 28,88)

Los amantes mueren con plena conciencia de morir,
pero mueren ante un Bienamado lleno de dulzura.
Ellos han bebido, en el día preeterno
[17], el Agua de la Vida…
El amor refresca su corazón abrasado,
y sin embargo, mueren de la quemadura de este corazón.

¡Oh! ¿que había en esta vela encendida
que ha incendiado el corazón y lo ha arrebatado?
Oh tú que has puesto un fuego en mi corazón
¡yo ardo, amigo mío, ven de prisa, de prisa!…
Cuando mi corazón ha bebido en tu fuente el agua viva
se ha anegado en ti, un torrente me ha arrastrado.
(D 831, 972, 1001)


A su vez, Rumi establece una oposición entre el ego (nafs), sede tenebrosa de Iblis, y el intelecto (`aql), morada luminosa del ángel. Un verso de Mawlānā dice:


«El fuego exterior puede ser extinguido con agua [18]; pero el fuego de la sensualidad arrastra al infierno.» (M I 3698).


Sin embargo, las llamas de la criatura no son sino parte del Fuego de la Unidad divina (tawhid):


«Soy una parte del Fuego: voy hacia mi todo. No estoy hecho de luz para que yo vaya a la Presencia de Dios.» (M III 2465).


En este grado de progresión espiritual, «ya no hay derviche»: sus «atributos son aniquilados en los Atributos de Dios». Para expresar este estado de extinción (fanā`) en el umbral de la Presencia divina, Rumi emplea una imagen que ya había utilizado su maestro `Attār (1959, vv. 1581-4.):


«Como la llama de una vela en presencia del sol» (M III 3669).


El fuego es pues el símbolo de la pobreza espiritual (faqr) y del aniquilamiento (fanā`) del yo previo a la subsistencia (baqā`) en Dios:


«Quien es aniquilado en su propia voluntad (la suya propia), subsiste en la voluntad de Dios.» (Huŷwiri 1936, p. 245).


Éste es el fuego de amor que arde en el corazón de los sufíes y que en la poesía neopersa se llama del-rish, «la llaga en el corazón»[19]. Continuamente se habla del fuego que el ardor amoroso de Dios ha encendido en el corazón del gnóstico. El místico compara su cuerpo con el cirio ardiente, y ruega que su yo no sea quemado cada noche como cera[20]. Otra imagen muy frecuente en los poetas persas y turcos es la descripción de la polilla que, ebria de amor y deslumbrada por la luz de la vela, se lanza violentamente sobre la llama para ser en ella aniquilada por completo. Los poetas místicos (Hallāŷ, Ahmad Qazāli, `Attār)[21] saben que la polilla, inmolándose a sí misma en la llama del Amado, sin rastro ni indicio de su existencia, alcanza la unión y es así transformada en fuego Divino[22]:

Este cuerpo es semejante al sílex y al acero,
pero intrínsecamente es capaz de encender el fuego…
Además, el fuego subyuga la naturaleza corporal:
domina el cuerpo y es inflamado.
Asimismo, en el cuerpo hay una llama que, como Abraham,
vence la torre de fuego…
Cuando Mohammad traspasó el Azufaifo del límite (Q 53,14)
y la estación de vigilancia de Gabriel, y su límite último,
dijo a Gabriel: «¡Ven, vuela detrás de mí!».
Él respondió: «¡Va, va; yo no puedo seguirte!».
Él le replicó: «¡Ven, oh tú que destruyes los velos!;
aún no he alcanzado mi cénit».
Él respondió: «¡Oh mi noble amigo!,
si voy más allá de este límite, mis alas se quemarán»…
¡Oh Gabriel!, aunque seas noble y respetado,
no eres ni la falena ni la vela.
Cuando la vela llama en el momento de la iluminación,
el alma de la falena no teme ser consumida.

(M IV 3760-3, 380-4, 3807-8)


Lo propio de la razón es que, incesantemente, día y noche, está inquieta y atormentada por el pensamiento, el esfuerzo y las tentativas para aprehender al Altísimo aunque Él sea inaprehensible.
La razón es como la falena, y el Amado como la vela. Cuando la falena se lanza sobre la llama, se quema y queda aniquilada. Pero falena es el que, quemado y torturado, no puede soportar estar alejado de la llama. […] Así, el hombre que no se apasiona por Dios ni se esfuerza (por alcanzarle) no es un hombre y, si éste pudiera aprehenderle, Él no sería Dios. El hombre es el que no deja de esforzarse y girar sin tregua ni descanso alrededor de la luz de la Majestad divina. Dios es el que incendia al hombre y lo aniquila, y ninguna razón puede aprehenderle. (Rumi 1969, cap. 9; Arberry 1961, p. 47-48)


En los versos de Hāfez también encontramos esta imagen de la vela y la falena que no teme ser consumida en su lumbre, de la combustión de la mariposa nocturna en las llamas de la separación, como símbolo del sacrificio por el amor divino. Pues cuando el místico, después de la extinción, alcanza la morada de la reunión con Dios, sólo Dios subsiste:

El fuego del corazón prendió en el pecho y ardió doliente por el Amado.
Un fuego había en la casa que la morada quemó.
La distancia del Amado hizo arder mi cuerpo.
Separado de su rostro, un fuego mi alma quemó…
Mira arder mi corazón, mira el fuego de las lágrimas.
El corazón de la vela, como mariposa, anoche, de compasión se quemó.

(Hāfez Shirazi 2001, p. 45)


Una hermosa historia del Masnawi ilustra la idea sufí de la autoaniquilación (fanā`). En este relato aparecen los símbolos del agua y el fuego. Es el relato de un niño que se pone a hablar del seno del fuego e invita a la gente a echarse a su llama:

El fuego es un sortilegio que ciega los ojos para hacer de pantalla

(a la Verdad):
esto es, en realidad, una misericordia divina que se ha manifestado.
Ven aquí, madre, y mira (la evidencia) de Dios,
a fin de poder contemplar las delicias de los elegidos de Dios.
Ven aquí y mira el agua que tiene la apariencia del fuego,
deja allí este mundo que es de fuego y tiene solamente el aspecto del agua.
Ven aquí y mira los misterios de Abraham,
que en el fuego encontró cipreses y jazmines
[23].
Vi la muerte en el momento en el que nací de ti:
grande era mi temor de salir fuera de ti.
Pero cuando nací escapé a la estrecha prisión de la matriz
en un mundo de aire agradable y de magníficos colores
[24]
.
Ahora, considero este mundo el seno materno,
puesto que en este fuego he visto un tal reposo:
En este fuego he visto otro mundo en el que
cada átomo posee el soplo vivificador de Jesús.
¡En verdad, es un mundo aparentemente no existente,
pero esencialmente existente,
mientras que nuestro mundo es aparentemente existente, pero no permanente!…
Pues las gentes se hicieron más fervientes en su fe
y más firmes en la mortificación (fanā`) de sus cuerpos.

(M I 787)


De esta forma Rumi observa que la pobreza mística (faqr) y la renuncia de sí mismo (fanā`) se pueden comparar con un fuego que aniquila, pero que en realidad son refrescantes como el agua, mientras que los placeres del mundo son justo lo contrario. En un pasaje del Masnawi que trata de la pobreza (faqr) y de la paciencia (sabr), Rumi hace del primero de estos términos el sinónimo de fanā` y también de `adam (no-existencia) (M I 1736-7). En unos de sus versos, a propósito de la pobreza espiritual y la aniquilación, el poeta afirma:

Purifícate a ti mismo y conviértete en polvo,
con el fin de que de tu polvo puedan crecer flores.
Si te conviertes en flor, sécala y arde alegremente
con el fin de que de tu abrasamiento surja la luz.
Si por el abrasamiento te transformas en cenizas,
tus cenizas se convertirán en la piedra filosofal.
Mira esta piedra filosofal que se halla en lo Invisible
que te ha hecho nacer a partir de un puñado de polvo.
(D 251)


The Crossing, de Bill Viola, es una bella plasmación de la muerte voluntaria simbolizada por el fuego en el que el hombre se extingue. En esta vídeo-instalación la pobreza mística (faqr) y la extinción (fanā`) están expresadas por medio de los elementos del fuego y el agua, que simbolizan la purificación del corazón. El místico no teme inmolarse en la llama hasta proclamar, como hace Rumi:


«Yo soy el fuego» (M III 3670-3)[25].


La vela y las lágrimas, i.e., el fuego y el agua, la noche y el crepúsculo, son los polos de la rueda de la existencia humana en su búsqueda incesante de la Verdad divina. Para el Mawlānā, el fuego, el rojo del metal candente, simboliza el límite de la extinción del místico en la fragua (D 1373) o en la tinaja del tintorero (M II 1345), símbolos de lo Absoluto. Según Rumi, en el corazón del místico opera una verdadera alquimia espiritual (kimiyā)[26] que parece estar tipificada por el color rojo del fuego del incendio del alma y el fresco verdor que anuncia la proximidad de la gracia divina:

Lo más extraño es que, en este corazón llameante,
hay tantas rosas
[27], verdor[28], jazmines[29].
Por este fuego, el jardín se vuelve más verdeante,
de tal manera que el agua está unida a la llama
[30]
.
¡Oh! alma mía, tú permaneces en la pradera
[31]
.
(D 685)


Con frecuencia Rumi emplea la contraposición entre los elementos del agua y el fuego, contraste que la vídeo-instalación de Bill Viola viene a sugerir por medio de la disposición de las pantallas, situadas frente a frente, en las que simultáneamente se proyectan ambos vídeos con las imágenes del fuego y el agua. Para ilustrar la práctica ascética de la renuncia a los deseos y los placeres, el abandono de la sensualidad, la salida del pozo del mundo fenoménico, Rumi recurre en varios versos a la oposición entre el ego (el alma carnal, nafs) y el intelecto (`aql), equivalente a la que establece entre el fuego (sensual de los sentidos) y la luz (del sheij, del maestro espiritual), o bien, entre el fuego (del infierno) y el agua (de la Fuente de la Vida).


Esta oposición está basada en una tradición profética:


«Cuando el creyente pone su pie en el puente de encima del infierno, el Fuego dice: “Oh creyente, pasa por encima, puesto que tu luz ha extinguido mi fuego”.»


Uno debe lograr, como Abraham[32], que la forma sea consumida para que el espíritu pueda derretirse[33], o como el pájaro, que no ha de temer ser consumido por las llamas[34]:


«Oh tú que abrasabas el alma a causa del cuerpo, tú has quemado el alma y has iluminado el cuerpo. / Yo ardo; quienquiera que desee algo que arda, que incendie sus ramitas en mi fuego.» (M I 1720-1).


El prodigio del fuego en el caso de Abraham es que le hizo aún más receptivo a la luz: por medio de las llamas pulió su espejo (corazón) puro. Ibrāhim, el profeta monoteísta por excelencia, es el modelo del verdadero creyente, para quien el fuego se convertirá en un jardín de rosas[35]. Los poetas persas asocian la figura de Abraham con la rosaleda (golestān) de fuego. Abraham trascendió el «espíritu y ángel» atravesando el fuego hacia la visión mística directa:

[…] Allí donde existe un corazón, la paciencia lo purifica.
El fuego de Nimrod
[36] ha sido el medio de volver puro
el espejo (interior) de Abraham puliéndolo;
la incredulidad impía de los compañeros de Noé y la paciencia de Noé
sirvieron para pulir el espejo del espíritu de Noé.

(M VI 2041-3)


El célebre maestro persa Ruzbehān Baqli Shirāzi (m. 606/1209) explica la siguiente exclamación de Abu Bakr Shebli: «El fuego del infierno no me tocará, y yo puedo fácilmente extinguirlo». Interpretando fielmente la experiencia mística auténtica, Baqli dice que «en el mundo los que han sido llamados cerca de Dios son abrasados por el fuego del amor eterno, aunque para ellos Dios ha ordenado que el fuego sea “fresco y agradable” (Qo 21,69), como lo fue para Abraham» (Ruzbehān, 1966, § 456).


Con anterioridad a Rumi, Hakim Sanā`i expresa estas ideas por medio de la contraposición del fuego del alma vital y el verdor del corazón espiritual:

Cuando se levante el velo de la percepción sensorial de tus ojos,
si eres un infiel, hallarás el infierno abrasador,
si eres un hombre de fe, el Paraíso
[37].
Tu cielo e infierno están dentro de ti mismo: ¡mira en tu interior!
ve hornos en tus entrañas, jardines en tu corazón.

(Sanā`i 1962, 708)


Sin embargo, aunque el amor es fuego, también es agua, la que dimana de la Misericordia divina:

Esta es la razón por la cual la luz del verdadero creyente es la muerte del fuego,
puesto que sin un opuesto es imposible suprimir el otro opuesto.
El Día del Juicio, el fuego será el adversario de la luz,
puesto que uno ha sido creado por el furor de Dios, y el otro por su gracia.
Si deseas eliminar el mal del fuego,
dirige el agua de la Misericordia divina contra el corazón del fuego.
El verdadero creyente es la fuente de este agua de la misericordia:
el puro espíritu del que hace el bien es el Agua de la Vida.
Por esto es por lo que tu alma carnal se aparta lejos de él,
puesto que tú eres de fuego, mientras que él es el agua del arroyo.
El fuego huye lejos del agua porque su llama es destruida por el agua.
(M II 1250)


Arder en el fuego de este amor es caer en (la fuente paradisíaca de) Kawthar (D 449), pues es «un fuego que es objeto de vergüenza para el Agua de la Vida». O también: «El amor es un océano cuyas olas son invisibles, / el agua de este océano es fuego, y sus ondas perlas» (D 1096). El amor puede aparecer como un torrente potente que lo arrastra todo, y si el amor puede purificar mediante el fuego, también lo puede hacer por medio del agua. Los aspectos sanos y positivos del amor se expresan más facilmente a través del tema del agua que del fuego, pues las comparaciones tomadas del simbolismo del agua resultan más satisfactorias: el amor es el verdadero Agua de la Vida (āb-e hayāt) oculta en las tinieblas, pero puede ser también el arca de Noé. En este viaje iniciático, tras el desierto de la aniquilación, el místico alcanza la resurrección en la «terraza verde» (D 1876), símbolo de la llegada al mundo del alma (malakut):

¡Cuando el portador de agua «amor» grita con voz de trueno,
el desierto pronto se cubre de verdor!

(D 1308)


También en la obra de Viola, como en el lenguaje simbólico del Mawlānā, a la extinción en el fuego (caliente y seco —naturaleza ígnea=rojo) le sucede la inmersión en el agua (fría y húmeda —naturaleza acuosa=verde). La relación entre la llama, el destello luminoso (que en la poesía oriental siempre es visto de color rojo), y las rosas rojas, podría conducir entonces a nuevas combinaciones que han podido añadirse a la imagen del color rojo de la sangre o de las heridas. En la tradición persa, a la contraposición del par de términos fuego y agua, le corresponde el contraste cromático del rojo del fuego, la sangre y las rosas, símbolo de la combustión interior, y el verde de la vegetación, reminiscencia del Paraíso (per. ferdaws, avéstico pairi-daêza). Según el insigne maestro persa Farid al-Din `Attār (m. 618/1221), el sufí mantiene la «llama roja en la Vía, el corazón vasto, como el verde océano» [38]. Puesto que el fuego es absolutamente opaco cuando es comparado con la verdadera luz, el fuego es la tierra de las tinieblas en la cual uno debe viajar para encontrar el Agua de la Vida, el Aqua permanens, la Fuente de la Vida (ár. `ayn al-hayāt; per. chashma-ye zendagui), la fuente verde que se halla en las gargantas más profundas del país de las tinieblas. El Agua de la Vida es el lugar donde arriba el viajero al final del itinerarium in deum que le conduce a la aniquilación (fanā`) y la subsistencia en Dios (baqā`).


Según Fajr al-Din `Erāqi, el Paraíso es el Jardín de Rezwān (Rawza-ye Rezwān)[39]. El paraíso espiritual, en la línea de Ibn `Arabi y de Rumi, es la Fuente de la Vida del corazón, a la que se accede con la ayuda de al-Jezr (el Verde), el profeta-santo que hace reverdecer la Tierra de las almas:

La belleza ilimitada del corazón aparecerá en todo el mundo;
cualquiera que tenga ojos (chashm) será, como el alma,
desconcertado por el corazón (hayrān-e del).
El Jezr (Jidr) del alma siempre atraviesa la tierra-espejismo del corazón
para poder beber el Agua de la Vida
de la Fuente de la Vida del corazón (chashma-ye haywān-e del).

(`Erāqi 1959, p. 223-4)
[40]


En la espiritualidad islámica, el fin del místico es la aniquilación (fanā`) y la permanencia en la morada Dios (baqā`). Esta experiencia última es considerada siempre como un acto libre de la gracia divina que puede arrebatar y arrancar al hombre de él mismo, en una experiencia a menudo descrita como extática. En el sufismo, el término generalmente traducido para «éxtasis», pero que en realidad es un «éntasis»[41], es waŷd, que, literalmente, significa «encontrar», es decir, encontrar a Dios, y al encontrarlo, alcanzar la serenidad y la paz.


En la felicidad intensa que el hombre experimenta por haberlo encontrado, puede ser transportado en beatitud extática. Así, el místico `Attār se pregunta por el éxtasis y afirma radiante:


«¿Qué es el waŷd? Es llegar a ser dichoso gracias a la verdadera aurora, convertirse en fuego sin la presencia del sol.» (`Attār 1959, 41).


En la senda espiritual de Rumi, la «pobreza» (faqr) es la estación más importante. La pobreza espiritual es el estado en el cual se sabe que la criatura es absolutamente pobre ante el Creador, pues: «Si son pobres, Dios les ayudará mediante su favor. Dios es inmenso, omnisciente» (Q 24,32). Faqr es la cualidad de la que se enorgullecía el Profeta diciendo: «Mi pobreza es mi nobleza» (faqri fajri), y ella significa entregarse por completo a las manos de Dios. En este sentido, es casi sinónimo de fanā`, la «aniquilación», estado que conduce al místico a perderse en la insondable riqueza de Dios. «Cuando la pobreza (faqr) es completa, es Dios»: este adagio, conocido desde finales del siglo XII en el mundo islámico oriental, aparece también una vez en la poesía de Rumi (D 1948). En un pasaje de su Masnawi Rumi describe a los que, despojados de ellos mismos (faqr), se liberan de sus vicios y virtudes, pues ellos han sido aniquilados (fanā`) en la perennidad de Dios (baqā`) (M V 672 ss.)


Se trata, en definitiva, de una práctica ascética por medio de la cual el hombre pío puede vaciarse de su condición creatural, de su yo aparencial, del alma carnal (nafs) que le aprisiona:


«La ascesis (al-zohd) —dice Ŷorŷāni (m. 816/1413)— es que vacíes tu corazón como vacías tu mano» (Ŷorŷāni 1994, nº 810, p. 214)[42].


Abandono completo de sí (tawakkul) en Dios. Abol Hasan Jaraqāni (m. 426/1034), uno de los primeros grandes sufíes de origen iraní, se pregunta por el sentido de la pobreza (faqr) como aniquilamiento (fanā`): «“¿Quién es el emblema de la pobreza?” “El que tiene el corazón negro”. “¿Qué quieres decir?” “Después del negro no hay otro color”.» (Jaraqāni 1998, nº 469, p. 161). Pues la muerte de sí constituye la plenitud de la visión: «“¿Cuándo has visto a Dios?” “Cuando he dejado de verme a mí mismo”.» (Ibíd., nº 315, p. 138). Jaraqāni afirma entonces: «Soy un hombre compuesto de una mezcla de luz y fuego. La celeridad de mi carrera viene del fuego del deseo de Dios.» (Apud ibíd., p. 18) [43]. La extinción o muerte voluntaria es la inmersión en la existencia divina despojada de todo resto creatural. Cuando se llega a esta estación: «El sufí es un cuerpo muerto, un corazón arrebatado y un alma abrasada.» (Ibíd., nº 350, p. 144; cf. nº 419, p. 153).
Pero esta manifestación de Dios en el mundo sólo puede ser percibida por lo ojos purificados. Únicamente los ojos abiertos pueden ver —según Rumi— que «el universo es el libro de la Verdad excelsa». Sólo el corazón pulido por el fuego de la ascesis es susceptible de convertirse en este espejo sin mancha donde se reflejará lo Divino. Las teofanías que espejean en el agua del corazón del místico en múltiples reflejos son las metamorfosis de una única luz trascendente
[44]. Se transparenta el Ser que oculta su propia transparencia:

Pues aquel que se ha despojado de sí mismo ha desaparecido [en Dios]…
Su forma se ha desvanecido y se ha convertido en un espejo…

(M IV 2139-2140)



Referencias y Notas:



—Abdul Hakim, Kh. (1965). The Metaphysics of Rumi: A Critical and Historical Sketch, 4ª impr., Lahore: Institute of Islamic Culture.
—`Abdul Latif, Shah (1965). Risalo of Shah Abdul Latif (Selections) (Shah-jo-Risalo), E. Kazi (trad.), Hyderabad: Shindi Adabi.
—Arberry, A. J. (1958). Classical Persian Literature, Londres: Allen and Unwin.
—Arberry, A. J. (1961). Discourses of Rumi, Londres: John Murray.
—`Attār, Farid al-Din (1338 solar/1959). Musibat-nāma, N. Fisāl (ed.), Teherán.
—`Attār, Farid al-Din (1959). Asrār-nāma, S. S. Guwharin (ed.), Teherán.
—`Attār, Farid al-Din (1962). Mantiq al-tayr, M. Ŷawād Shakur (ed.), Teherán.
—Ballanfat, P. (1997). «Ivresse de la mort dans le discours mystique et fondements du paradoxe», Bulletin d`Études Orientales, nº 49, pp. 21-51.
—Banani, A., Houannisian, R. y Sabagh, G. (eds.). (1994). Heritage of Rumi, Poetry and Mysticism in Islam, Giorgio Levi Della Vida Biennial Conference, Cambridge: Cambridge University Press.
—Browne, E. G. (1957). A Literary History of Persia, reimpr., 4 vols., Cambridge: Cambridge University Press.
—Chelkowski, P. (ed.). (1975). The Scholar and the Saint: Studies in Commemoration of Abu`l-Rayhān al-Biruni and Jalāl al-Din al-Rumi, Nueva York: New York University.
—Chittick, W. C. (1983). The Sufi Path of Love: The Spiritual Teachings of Rumi, Albany: SUNY Press.
—Eaton, R. M. (1978). Sufis of Bijapur. 1300-1700. Social Roles of Sufis in Medieval India, Princeton: Princeton University Press.
—El-Moor, J. (2004). «The Fool for Love (Foll Per Amor) As Follower of Universal Religion», Part Two, Journal of the Muhyiddin Ibn `Arabi Society, vol. XXXVI, pp. 85-125.
—`Erāqi, Fajr al-Din (1939). The Song of Lovers (Ushshāq-nāma), A. J. Arberry (ed. y trad.), Oxford/Calcuta: Oxford University Press/P. Knight, Baptist Mission Press.
—`Erāqi, Fajr al-Din (1959). Kulliyāt, S. Nafisi (ed.), Teherán: Sanā`i.
—`Erāqi, Fajr al-Din (1372/1994). Maŷmu`e-ye āthār-e Fajr al-Din `Erāqi, N. Mohtasham (ed.), Teherán: Zawwār.
—Gignoux, Ph. (2001). Man and Cosmos in Ancient Iran, Roma: Istituto Italiano per l’Africa e l’Oriente.
—Godmer, G. y Lussier, R. (eds.). (1992). Pour la Suite du Monde: Cahier: Propos et Projets, cat. exp., Montreal: Musée d’art contemporain.
—Hāfez Shirazi (1962). Hāfiz: Fifty Poems, A. J. Arberry (ed. y trad.), reimpr., Cambridge: Cambridge University Press.
—Hāfez Shirazi (1967). Diwān, A. Qasim Anŷuwi (ed.), Teherán.
—Hāfez Shirazi (1998). L’amour, l’amant, l’aimé, cent ballades du Diwān, V.-M. Monteil y A. Taŷvidi (trad.), 2ª ed., París : Sindbad/Unesco.
—Hāfez Shirazi (2001). 101 poemas, C. Janés y A. Taherí (ed. y trad), Madrid: ediciones del oriente y del mediterráneo.
—Halman, T. (ed.). (1981). Yunus Emre and His Mystical Poetry, Bloomington: Indiana University.
—Hallāŷ, al-Husayn b. Mansur al- (1913). Kitāb al-tawāsin, texto ár. con la trad. per. de al-Baqli, L. Massignon (ed.), París: P. Geuthner.
—Huŷwiri, `Ali b. `Uthmān al-Ŷullābi al- (1936). Kashf al-Mahjûb, “The Revelation of the Veiled”: An Early Persian Treatise on Sufism, R. A. Nicholson (trad.), 2ª ed., Londres.
—Ibn `Arabi, Muhyi-l-Din (1312 h.). Dhajā`ir al-a`lāq: Sharh tarŷumān al-ashwāq, El Cairo. [Trad. ingl.: The Tarjumán al-Ashwáq: A Collection of Mystical Odes by Muhyi`ddín Ibn al-`Arabí, R. A. Nicholson (trad.), reimpr., Londres: Theosophical Publishing House, 1978. Trad. franc.: L’interprète des désirs (Turjumān al-Ashwāq), M. Gloton (trad.), París: Albin Michel, 1996. Trad. cast.: El Intérprete de los Deseos, C. Varona Narvión (trad.), Murcia: Editora Regional de Murcia, 2002].
—Ibn `Arabi, Muhyi-l-Din (1984). Le Livre de l’extinction dans la contemplation (Kitābu-l-fanā`i fi-l-mushāhada), M. Vālsan (trad.), París: Les Éditions de l’Œuvre.
—Iqbal, A. (1983). The Life and Work of Jalal-ud-din Rumi, reimpr., Londres/ Cambridge, MA: Octagon Press/Ishk Book Service.
—Ismā`il, Kamāl al-Din (1925). Tetrasticha Kamāl Ismaili I, en C. Salemann y V. Shukovski (ed.), Persische Grammatik mit Literatur Chrestomathie und Glossar, Berlín.
—Jaraqāni, Abu-l-Hasan (1998). Paroles d’un soufi, Ch. Tortel (trad.), París: Seuil.
—Keshavarz, F. (1998). Reading Mystical Lyric: The Case of Jalal al-Din Rumi, Columbia: University of South Carolina Press.
—Lauter, R. (ed.). (1999). Bill Viola: Europäische Einsichten/European Insights: Werkbetrachtungen/Reflections on the Work of Bill Viola. Munich: Prestel.
—Lewis, F. D. (25-8 March 1990). «Fire and Water: The Pedigree of a Persian Refrain: Mas`ud, Sanā`i, Runi, Watwāt». Paper presented at the annual meeting of the American Oriental Society, Atlanta.
—Lewis, F. D. (2000). Rumi - Past and Present, East and West. The Life, Teachings and Poetry of Jalāl al-Din Rumi. Oxford: Oneworld.
—Massignon, L. y Kraus, P. (ed. y trad.). (1957). Akhbār al-Hallāj. Recueil d’oraisons et d’exhortations du martyr mystique de l’Islam Husayn Ibn Mansur Hallāj. 3ª ed. París : J. Vrin.
—Meisami, J. S. (2003). Structure and Meaning in Medieval Arabic and Persian Poetry. Londres/Nueva York: Curzon/Routledge.
—Meyerovitch, E. (1972). Mystique et poésie en Islam: Djalāl-ud-Din Rumi et l’ordre des derviches tourneurs, París: Desclée de Brouwer.
—Nicholson, R. A. (1950). Rumi: Poet and Mystic (1207-1273), Londres: Allen and Unwin.
—Nurbakhsh, J. (2004). Simbolismo Sufí (Farhang-e Nurbajsh, tomo 2). Madrid: Nur.
—Nwyia, P. (1972). Ibn `Atā` Allāh (m. 709/1309) et la naissance de la confrérie shādhilite, Beirut: Dar el-machreq.
—Olfat Tabrizi, Sharaf al-Din (1983). Rashf al-alhāz fi kashf al-alfāz, M. Herawi (ed.), Teherán.
—Parsram, J. (2000). Sind and its Sufis, 3ª ed., Adipur-Gandhidham: Indian Institute of Sindhology.
—Qazāli, Ahmad (1986). Sawānih: Inspirations from the World of Pure Spirits. The Oldest Persian Sufi Treatise on Love, N. Pourjavady (trad.), Londres: KPI/Iran University Press.
—Qushayri, Abu-l-Qāsim al- (1867). Risāla, El Cairo.
—Rasmussen, H. (1887). Østerlandsk Mystik efter persiske Digtere, Copenhague.
—Renard, J. (1994). All the King’s Falcons: Rumi on Prophets and Revelation, Albany: SUNY Press.
—Ritter, H. (1978). Das Meer der Seele: Mensch, Welt und Gott in den Geschichten des Fariduddin `Attār, 2ª ed., Leiden: E. J. Brill.
—Rosenthal, F. (1970). Knowledge Triumphant: The Concept of Knowledge in Medieval Islam, Leiden: E. J. Brill.
—Ross, D. A. y Sellars, P. (comis.). (1998). Bill Viola, cat. exp., Nueva York: Whitney Museum of American Art.
—Rumi, Ŷalāl al-Din (1348/1969). Fihi-mā-fihi, B. al-Zamān Furuzānfar (ed.), Teherán.
—Rumi, Ŷalāl al-Din (1973). Odes mystiques (Divān-e Shams-e Tabrizi), E. de Vitray-Meyerovitch y M. Mokri (trad.), París: Klincksieck.
—Ruzbehān Baqli (1966). Commentaire sur les paradoxes des Soufis (Sharh-e Shathiyyāt), H. Corbin (ed.), Bibliothèque Iranienne, 12, Teherán/París: Département d’Iranologie de l’Institut Franco-iranien.
—Sanā`i, Abo-l-Maŷd Maŷdud (1341/1962). Diwān-e Sanā`i-ye Ghaznawi, M. Radawi (ed.), Teherán: Ibn Sinā.
—Schimmel, A. (1978). The Triumphal Sun. A Study of the Works of Jalāloddin Rumi, Londres/La Haya: East-West Publications.
—Schimmel, A. (1979). A Dance of Sparks: Imagery of fire in Ghalib’s poetry, Nueva Delhi/Londres-La Haya: Ghālib Academy/East-West Publications.
—Schimmel, A. (1982). As Through a Veil: Mystical Poetry in Islam, Nueva York: Columbia University Press.
—Schimmel, A. (1992). A Two-Colored Brocade. The Imagery of Persian Poetry, Chapel Hill, NC/Londres: University of North Carolina Press.
—Sells, M. A. (1984). «Ibn `Arabi’s Garden among the Flames : The Heart Receptive of Every Form», en Sells, M. A. (1994). Mystical Languages of Unsaying, Chicago/Londres: The University of Chicago Press.
—Syring, M. L. (comis.). (1993). Bill Viola. Más allá de la mirada (imágenes no vistas), cat. exp., Madrid: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
—Violette, R. (ed.) y Viola, B. (1995). Reasons for Knocking at an Empty House. Writings 1973-1994, Cambridge, MA/Londres: The MIT Press/Anthony d’Offay Gallery.
—Walsh, J. (ed.). (2003). Bill Viola: The Passions, Los Angeles/Londres: The J. Paul Getty Museum/The National Gallery.
—Ŷāmi, `Abd al-Rahman (1904). Salāmān and Absāl, E. FitzGerald (trad.), Londres: Alexander Moring Ltd./The De La More Press.
—Ŷorŷāni, `Ali b. Mohammad al- (1994). Kitāb al-Ta`rifāt, M. Gloton (trad.), Teherán: Presses Universitaires d’Iran.
—Ŷunayd, Abu-l-Qāsim b. Md. al- (1983). Enseignement spirituel: traités, lettres, oraisons et sentences, R. Deladrière (trad.), París: Sindbad.

(*) Abreviaturas principales: ár. = árabe; per. = persa; Qo = Corán; D = Kulliyyāt-i Shams yā diwān-i kabir, ed. de B. al-Zamān Furuzānfar, 10 t. en 9 vols., Teherán, 1336-46/1957-67; M = The Mathnawí of Jalálu`ddín Rúmí, ed., trad., coment. y nn. críticas de R. A. Nicholson, 8 vols., Londres, 1925-40.



[1].- Bill Viola cita este pasaje en su conversación con Lewis Hyde (5 de marzo, 1997), en Ross y Sellars (1998), p. 154.
[2].- Cf. Violette y Viola (1995), índice s. v.; conversación con L. Hyde, en Ross y Sellars (1998), pp. 143 ss.
[3].- Conversación con L. Hyde, en Ross y Sellars (1998), p. 144, y para la imagen del fuego en la obra de Rumi y de Viola, ibíd., p. 28; Violette y Viola (1995), p. 172.
[4].- Véase Ross y Sellars (1998), pp. 126-142.
[5].- B. Viola, «The Body Asleep», del catálogo de la exposición: Godmer y Lussier (1992).
[6].- Véase el comentario de M. Gloton al Tarŷumān al-ashwāq de Ibn `Arabi (1996), p. 124.
[7].- Ibn `Arabi (1312 h.), XI.12. Para la interpretación de este verso véanse El-Moor (2004), p. 119; Gloton (1996), pp. 123-124; Sells (1994), pp. 90-115.
[8].- Ibn `Arabi, ibíd., VIII.5.
[9].- Apud Qushayri (1867), p. 189.
[10].- El humo es una metáfora común en la poesía persa para aludir a un anhelo ardiente. Cf. Hāfez Shirazi (1962), p. 163, n. 2.
[11].- Cf. Ballanfat (1997), pp. 21-51.
[12].- Cf. Gignoux (2001), pp. 51-54.
[13].- Véase Arberry (1958), pp. 91-92. En términos parecidos se expresa Rumi (D 1931, 3018: «océano de fuego»).
[14].- Kawthar (abundancia): fuente o río de abundancia del paraíso (alusión a Qo 20,12).
[15].- Cada habitante del infierno.
[16].- Cf. Abdul Hakim (1965), pp. 94 ss. et passim.
[17].- Literalmente: día del a-last; alusión al pacto primordial, el mithāq coránico (Qo 7,171). En la preeternidad Dios interrogó a los descendientes de la humanidad futura, extraídos de los riñones de los Hijos de Adán, y les preguntó: «“¿No soy (a-lastu) vuestro Señor?” Respondieron: “¡Sí!”». Es la primera alianza de Dios con los hombres. Cf. Rumi (1973), p. 278, n. 1; Meyerovitch (1972), índice s. v. alast; Chittick (1983), índice s. v. «Alast».
[18].- Cf. Chittick (1983), índice s. v. «fire vs. water»; Schimmel (1982), pp. 105 ss.
[19].- Rasmussen (1887), p. 105.
[20].- Véase la poesía de Kamāl al-Din Ismā`il (1925), p. 36.
[21].- Esta alegoría de la falena y la vela, iniciada por Hallāŷ para hablar de la reunión con Dios, y que expresa la idea del auto-sacrificio del místico lleno de amor y vacío del pensamiento del ego, es muy común en los poetas místicos del oriente musulmán. Véanse, por ejemplo, Hallāŷ (1913), «Tāsin al-fahm»; Ahmad Qazāli (1986), cap. 39, p. 54; cf. cap. 3, p. 22; `Attār (1962), 3958 ss.; Hāfez (1967), p. 64. Esta alegoría es habitual a su vez en la poesía mística turca [cf. Halman (1981), pp. 178, 180], así como también en la poesía indo-persa, para hablar de las llamas del amor y la iluminación unida a la extinción [cf. `Abdul Latif (1965), p. 13 de la intr.; Eaton (1978), p. 149; Parsram (2000), p. 110].
[22].- Sobre la parábola de la falena y la vela véase Ritter (1978), índice s. v. «falter», «kerze».
[23].- Cf. Qo 21,69: Nos dijimos: ¡Fuego! ¡Sé frío! ¡Sé salud para Abraham! Véase Renard (1994), cap. 3, p. 47-58.
[24].- El mundo sensible, el mundo de la multiplicidad.
[25].- Cf. Iqbal (1983), pp. 251-252.
[26].- Cf. Chittick (1983), índice s. v. «alchemy».
[27].- Las flores nobles -rosa, jazmín, tulipán, etc.- son signos elocuentes del viaje del corazón dirigiéndose al encuentro del Amado, que jalonan la vía de la unio mystica. Según una tradición profética recurrente en la literatura mística (Ruzbehān Baqli, Rumi, Hāfez) la rosa (ár. ward, per. gol) roja (ár. ahmar, per. sorj) es la manifestación de la gloria de Dios. Esta flor simboliza a su vez el sentimiento profundo de la gracia y de la elección especiales de los santos iluminados por el amor divino. Véase A. Schimmel (1992) índice s. v. gul, gulshan.
[28].- El verde (ár. judra, per. sabz), el color del Islam, es el color que toman en el alma las luces (lawāmi`) de la bondad (lutf) y la promesa (wa`d) divinas (Ŷorŷāni), el de la perfección absoluta (`Erāqi) y la resurrección (Hakim Tirmidhi), el color del prado donde brota la Fuente de la Vida eterna (Suhrawardi, Ibn `Arabi, Rumi), «el más bello de los colores» (Semnāni). «Se dice que el verdor representa la fuente de la gnosis». (Olfat Tabrizi) (1983), p. 72. En el sufismo el verdor (sabza) simboliza la pureza de espíritu, que se encuentra por medio de la Fuente de la Vida (`ayn al-hayāt) del Conocimiento divino en el nivel del arcano (jafi). Cf. Nurbakhsh (2004), p. 299.
[29].- El jazmín (yās, yāsaman) recuerda al poeta la separación de su Amado, pues el nombre de esta flor evoca yās-e man, «mi “desesperación” (yā`s)». Cf. Schimmel (1978), p. 89.
[30].- El verde, mediatriz entre el calor y el frío, es color de agua, como el rojo es color de fuego. El ascenso de la vida parte del rojo y florece en el verde.
[31].- La «pradera» (sabza-zār) simboliza el lugar de las teofanías divinas que son presenciadas en la conciencia interior a través de las formas fenoménicas de los efectos de Dios. Cf. Nurbakhsh (2004), pp. 300-301.
[32].- «Es justo, por supuesto, pero la posición de Abraham entre las gentes de la Verdad es que, como él, en el camino de Dios y por amor a Él, te lances al fuego y llegues o te acerques a la etapa (maqām) de Abraham con esfuerzos y perseverancia. Él se sacrificó por amor a Dios; para él no contaba el alma carnal ni sentía temor.» Rumi (1348/1969), cap. 44.
[33].- Cf. Massignon y Kraus (1957), pp. 159-160.
[34].- `Attār (1338 solar/1959), cap. 31.
[35].- Sobre las imágenes simbólicas en la poesía persa véase Schimmel (1992).
[36].- Se trata del fuego del ego, del alma carnal, semejante a Nimrod. Después de que Abraham rompiera los ídolos de su pueblo, el rey del tiempo, Nimrod, ordenó que fuese arrojado al fuego. Pero Dios lo salvó del daño (Qo 21,69). Cf. M I 3697 ss.: «¿Cuál es el remedio contra el fuego del deseo? La luz de la religión: vuestra luz (del islam) es el medio de extinguir el fuego de los impíos.» Ibíd., I 3700.
[37].- Al-ŷanna: literalemente, «el Jardín».
[38].- `Attār (1338 solar/1959), comienzo del libro.
[39].- Rezwān es el ángel que guarda las puertas del Paraíso.
[40].- Sobre este tema del Paraíso espiritual en la poesía persa medieval véase Meisami (2003), pp. 340-341 (`Erāqi), 355 ss., 388 ss. (Rumi).
[41] Cf. Nwyia (1972), pp. 276 ss.
[42] Véase también Ŷunayd (1983), p. 191.
[43] El texto árabe se halla en un pasaje de las Fawā`ih al-ŷamāl wa-fawātih al-ŷalāl, anexo al trabajo de F. Meier sobre Naŷm al-Din Kobrā (Wiesbaden, 1957, p. 13, § 31) y en el diccionario de Jwānsāri, Rawdāt al-ŷannāt (acabado en 1869), Teherán, 1306, ed. 1390, vol. I, p. 298.
[44] Sobre la luz como vía del conocimiento espiritual en el sufismo véase Rosenthal (1970), pp. 155-193.